Para entender el montañismo, hay que partir de que se trata de un espíritu más que de un deporte. O lo que es igual, se debe poner el acento en lo interno, pasando lo exterior a segundo plano.
En el deseo de llegar a conectar con ese "espíritu" se puede proceder de diversos modos: analíticamente (examinando por separado las virtudes que imbricadas forman el estilo y sentir montañero, vgr.: la superación de las dificultades, la justa estima de uno mismo, el espíritu de compañerismo ... etc), nosotros, no obstante, preferimos proceder por intuiciones. Ese método es -como la poesía- más adecuado para captar la vida en sus diversas cualidades, uno de esos adjetivos es la vida montañera, de ahí que aun corriendo el riesgo de la imprecisión nos valgamos de él. De otra parte se dará una idea de apertura a nuevas notas y reflexiones muy acorde con el montañismo siempre distante de todo hermetismo, por eso vamos a rehuir toda apariencia de sistema precluido.
La primera sugerencia sería la fortificación de la personalidad.
La personalidad, en un corte vertical, cabría decir que se compone de tres estratos que conjuntados da origen a esa unidad sustancial, en efecto se puede decir que hay una capa biológica otra instintiva-emotiva y un último estrato superior, el volitivo-intelectivo o noético-desiderativo.
En la esfera biológica, es claro que la escalada, en cuanto ejercicio, favorece su desarrollo y de la importancia de este aspecto como cimiento da clara muestra la frase de estirpe clásica: "mens sana in corpore sano". En cuanto a lo instintivo-emotivo fijémonos sobre todo en el segundo término: si la amistad es un compartir, es un deseo de unirse por medio de esos vínculos que son los afectos, para enriquecerse en el recíproco ofrecimiento de uno mismo; en que situación de la vida se plasma con más realismo esa amistad que en esa cuerda que enlaza la cordada. Tras ella se oculta toda floración de valores como las ilusiones colectivas (es la proyección de todo organismo pujante-joven), el compartir ropa y comida, el ayudar al que más se cansa o cae herido, el entonar al unísono un himno en reto al silencio que en las cumbres reina, el dar ánimos al que se desalienta. En los caracteres fenomenológicos (vale decir aparenciales) de la amistad antes enunciados, figura uno que es además presupuesto de los otros: la apertura al tú, sólo así es posible la comunicación, el compañerismo. Ese ponerse a disposición del otro, a la vez que ponerse en las manos del amigo tiene en las alturas su más alta expresión pues del que te guía depende lo acertado del camino, como del que te precede lo seguro de tu ascensión.
El peligro nos saca de nuestra autosuficiencia en el deseo de encontrar quien nos socorra, a esa llamada responde el montañero con una oferta de convivencia total.
El tercer estrato, el noético-desiderativo, juega su papel en la planificación de la excursión y algo muy importante, en la prudencia y sentido común con el que se ha de acometer lo proyectado (sentido de responsabilidad). Pero realmente es lo volitivo lo que más beneficiado sale del contacto con lo duro de la ascensión, el saber correr con lo pesado de una marcha para alcanzar la cumbre, es ya superar la tendencia a lo inerte que impera en lo físico. Si además no se trata de alcanzar algo apetitoso para los sentidos, rebasamos el mundo de lo biológico y nos insertamos en el racional, estamos siendo personas en su sentido más genuino, estamos siendo idealistas consecuentes. Esa consecuencia, ese desear lo que es posible, es labor de la voluntad, que aquí resulta imprescindible porque sólo el que vence o supera a sí mismo llega a la meta.
La segunda sugerencia va en la dirección de reponer al hombre en el lugar del cosmos que le corresponde. Frente a las grandes urbes tecnificadas que paralelamente crean una falsa euforia de bienestar y omnipotencia, y una desazón interior, una sequedad, que apenas si es cohibida por el ruido ensordecedor de los espectáculos, los medios de difusión o la música estridente. La naturaleza, la montaña, nos ofrece su armonía, su paz y nos da la idea proporcionada de nuestra realidad: minúscula y humilde frente a esas torres berroqueñas o esos ríos caudalosos, pero dotado de una chispa divina que le permite con constancia vencer lo que en tanto parece superarnos. Es pues el momento de encontrarnos con nosotros mismos, de reflexionar, recuperando nuestra intimidad profanada por una masificación despersonalizante. Y porqué no, de sentirnos más unidos a un creador de un equilibrio tan deslumbrante por su belleza y perfección, es en ese marco y en los momentos de riesgo o dificultad donde yo más he apreciado la verdadera amistad y dónde más sinceras oraciones han brotado de mi corazón (el fatalismo y el infantil endiosamiento dan paso a una confianza en uno mismo).
No en balde la montaña y sus picos más descallantes han sido tomados como símbolos de superación, de lo vigoroso de un carácter que surge a la fuerza de vencimientos sobre la mediocridad de un ambiente sin horizontes, de diafanidad o trasparencia frente a la atmósfera enrarecida del "valle" donde las pasiones matan de asfixia a las más bellas virtudes, de pureza pues allí nada ha sido perturbado (cimas blancas intactas hechas para almas exquisitas), ... etc.
Pero este sería una tercera sugerencia que dejamos esbozada para desarrollar en mejor ocasión ...