DERROTERO Y VIAJE A ESPAÑA Y LAS INDIAS


PROEMIO

A saber de la ruta y del viaje que yo, Ulrico Schmidl, de Straubing, en el 1534 año A. D. partiendo el dos de agosto desde Amberes he arribado per mare hacia Hispania y más tarde a Las Indías con la voluntad de Dios. También de lo que ha ocurrido y sucedido a mí y a mis demás compañeros como sigue después.

1534

Cuando he partido desde Amberes y he venido a una ciudad en España llamada Cádiz, he visto echada sobre la costa ante la ciudad una ballena o walfisch que tenía un largo de treinta y cinco pasos y de ella se han sacado en grasa unos treinta barriles como los barriles arenqueros llenos de grasa.

Capítulo 1.

Primeramente habreís de saber que he venido en catorce días desde Amberes hacia España, a una ciudad que se llama Cádiz, pues se calcula que hay cuatrocientas leguas por mar desde Amberes hasta la susodicha ciudad de Cádiz, donde estaban aprestados y bien pertrechados con toda la munición y bastimentos necesarios catorce grandes barcos. Éstos estaban por navegar hacia Río de la Plata en Las Indias. También se hallaban allí dos mil quinientos españoles y ciento cincuenta entre alto-alemanes, neerlandeses y austríacos o sajones, y nuestro supremo capitán general de los alemanes y de los españoles se ha llamado don Pedro Mendoza. Entre estos catorce barcos, uno pertenecía al señor Sebastián Neithart y a Jacobo Welser en Nuremberg. Éstos han enviado a su factor Enrique Paime al Río de la Plata con mercaderías; con éstos, yo y otros alto-alemanes y neerlandeses, hasta ochenta hombres, bien pertrechados con nuestras armas de fuego y otras armas más, hemos navegado en el barco del susodicho señor Sebastián Neithart y de Jacobo Welser hacia el Río de la Plata. Así hemos partido con el susodicho señor y capitán general don Pedro Mendoza en catorce barcos desde Sevilla en el año 1534. En el día de San Bartolomé hemos llegado a una ciudad en España llamada San Lucas; a veinte leguas de camino desde Sevilla. Allí hemos quedado anclados por causa de la impetuosidad del viento hasta el primer día de septiembre del susodicho año.

Capítulo 2.

Después hemos zarpado desde dicha ciudad de San Lucas y de ahí hemos venido a tres islas que están juntas las unas a las otras. La primera se llama Tenerife, la otra se llama Gomera, la tercera La Palma; y desde la ciudad de San Lucas hasta estas islas hay más o menos doscientas leguas. Allá los barcos se han repartido entre estas islas. Pertenecen estas islas a la Cesárea Majestad y los habitantes en ellas son puros españoles con sus mujeres e hijos y hacen azúcar. También hemos venido con tres barcos a La Palma y permanecido anclados allí cuatro semanas y de nuevo hemos abastecido y reparado los barcos. Cuando nuestro general don Pedro Mendoza nos ha ordenado que nos pusiéramos en movimiento pues nos hallábamos distantes los unos de los otros por ocho o nueve leguas de camino, resultó que a bordo de nuestro barco venía un primo del general don Pedro Mendoza, que se llamaba don Jorge Mendoza, que era amado por la hija de un rico vecino en La Palma. Y cuando al día siguiente quisimos ponernos en movimiento, resultó que el susodicho don Jorge Mendoza esa misma noche había venido a tierra a media noche con doce de sus compañeros a la casa de un vecino en La Palma. Entonces se vinieron la hija y la doncella con sus joyas y vestidos y dinero junto con el susodicho don Jorge Mendoza y vinieron a nuestro barco, pero a escondidas de tal forma que ni nuestro capitán Enrique Paime ni nosotros supimos de esto, sólo el que montaba la guardia, éste lo ha visto, pues fue a media noche. Cuando partimos a la mañana siguiente y nos alejamos unas dos o tres leguas de camino, nos tomó un fuerte ventarrón y tuvimos que regresar al mismo puerto de donde habíamos partido. Allá bajamos al mar nuestras anclas. En esto nuestro capitán Enrique Paime quiso viajar a tierra en una pequeña barca que se denomina un bote o batel, y cuando quiso pisar tierra desde esta pequeña esquife hubo en el interín en la costa más de treinta hombres bien armados con sus arcabuces y alabardas y quisieron prender al capitán Enrique Paime. Así le dijo uno de sus marineros que no pasara la costa pues tenían intención de tomarlo preso. Así dio vuelta en seguida y quiso viajar hacia su barco, pero no pudo tan pronto venirse a él porque los mismos que habían estado en la costa, se le habían acercado en otras pequeñas barquillas que habían estado aprestadas desde antes. Y el susodicho capitán Enrique Paime escapó a otro barco que estaba más cerca de tierra que su propio barco, así que no pudieron prender a dicho capitán. En la ciudad de La Palma hicieron en seguida tocar y repicar las campanas a rebato y cargaron dos grandes piezas de artillería y dispararon cuatro tiros contra nuestro barco pues no estabamos lejos de la tierra. Con el primer tiro que dispararon, hicieron pedazos el depósito de barro en la popa del barco, que siempre está lleno de agua fresca, caben en él cinco o seis cubos de agua. Con el otro tiro que dispararon, hicieron pedazos el palo de la mesana que es el último mástil que se halla en la popa del barco. Con el tercer tiro dieron en medio del barco y abrieron un gran agujero en el barco y mataron un hombre; con el cuarto no acertaron. Había allí otro capitán con dos barcos que quería navegar hacia Nueva España en México cuyos barcos se hallaban a nuestro costado y de su gente había con él en tierra ciento cincuenta hombres que todos querían viajar hacia Nueva España en México. Así ellos arreglaron las paces con los señores de la ciudad que ellos le entregaran don Jorge Mendoza y la hija del vecino y la doncella. Así vinieron a nuestro barco el regidor y el alcalde y nuestro capitán y el otro capitán que quería también navegar hacia Nueva España y quisieron prender a don Jorge Mendoza y su amante. Pero éste contestó al alcalde que ella era su corporal esposa y ella dijo lo mismo. Entonces se les casó de inmediato pero el padre estuvo muy triste, y nuestro barco estaba muy maltrecho a causa de los tiros.

Capítulo 3.

Después de esto dejamos en tierra a don Jorge Mendoza y su esposa; nuestro capitán no quiso dejarlos viajar más con él en su barco. Reparamos nuestro barco y navegamos hacia una ínsula o isla que se llama San Jacobo o en su forma española Santiago y pertenece al rey de Portugal y es una ciudad. Estos portugueses la sostienen y a ellos están sometidos los negros africanos. Está situada a las trescientas leguas. Allí permanecimos cinco días y volvimos a cargar provisión fresca en carne, pan, agua y todo de lo que tuviéramos necesidad sobre el mar.

Capítulo 4.

Allí se reunieron los catorce barcos de nuestra flota; entonces volvimos de nuevo hacia el océano o mar y navegamos durante dos meses y vinimos a una isla donde hay solamente aves a las cuales nosotros matamos a palos y permanecimos en la isla por tres días, y en esta isla no hay gentes, y la isla tiene de extensa y ancha seis leguas de camino y desde la susodicha isla de Santiago hasta esta isla hay mil quinienas leguas de camino. En este mar se encuentran peces voladores y otros peces grandes como ballenas y que se llaman peces de sombrero de sol los cuales tienen contra la cabeza un grande, fuertísimo disco. Con este disco pelea contra otros peces y es un pez grande, forzudo y bravío. Hay también otros peces que tienen sobre su lomo una cuchilla que es hecha de hueso de ballena, éste se llama en su forma española pez de espada. También hay otro pez más que tiene sobre su lomo una sierra, hecha de hueso de ballena y es un pez grande y bravío y se llama en su sentido español pez de sierra. Fuera de éstos hay en estos parajes muchos diversos peces que no puedo describir en esta ocasión.

Capítulo 5.

Desde esta isla navegamos después a una isla que se llama Riogenna (Río de Janeiro) y pertenece al rey de Portugal y está situada a quinientas leguas de camino de la sobredicha isla; ésta es la isla Riogenna en Las Indias, y los indios se llaman Tupís. Allí estuvimos cerca de catorce días; entonces el don Pedro Mendoza hizo que su propio hermano jurado que se llamaba Juan Osorio nos gobernara en su lugar, pues él estaba siempre enfermo, descaecido y tullido. Entonces el susodicho Juan Osorio fue calumniado y delatado ante su hermano jurado don Pedro Mendoza como que él pensaba amotinarse junto con la gente contra él. Por esto ordenó don Pedro Mendoza a otros cuatro capitanes llamados Juan Ayolas, Juan Salazar, Jorge Luján y Lázaro Salvago que a susodicho Juan Osorio se le apuñalara o se le diere muerte y se le tendiere en medio de la plaza por traidor y que fuere pregonado y ordenado bajo pena de vida que nadie se moviere pero si ocurriera que alguien quisiere protestar a favor del susodicho capitán, entonces se le haría igual cosa. Se le ha dado la muerte injustamente, ello bien lo sabe Dios; éste le sea clemente y misericordioso; fue un recto y buen militar y siempre ha tratado muy bien a los peones.

Capítulo 6.

Desde allí zarpamos hacia el Río de la Plata y hemos venido a un río dulce que se llama Paraná-Guazú y es extenso en la embocadura donde se deja el mar, y este río tiene una anchura de cuarenta y dos leguas de camino; desde Río de Janeiro hasta este río Paraná-Guazú son quinientas leguas. Allí dimos en un puerto que se llama San Gabriel; donde los catorce barcos, echaron anclas en este río Paraná. De inmediato ha ordenado y dispuesto nuestro general don Pedro Mendoza con los marineros que las pequeñas esquifes se condujeron a tierra la gente que se hallaba en los barcos grandes pues los barcos grandes sólo podían llegar a una distancia de un tiro de arcabuz de la tierra, por eso se tienen las pequeñas esquifes; a éstas se les llama bateles o botes. Hemos desembarcado en el día de Todos los Tres Reyes en 1535 en el Río de la Plata; allí hemos encontrado un lugar de indios que se llaman los indios Charrúas y son ellos allí y eran alrededor de dos mil hombres hechos; éstos no tienen otra cosa que comer que pescado y carne. Éstos han abandonado el lugar y han huído con sus mujeres e hijos de modo que no pudimos hallarlos. El puerto donde están los barcos se llama San Gabriel. Éstos indios andan desnudos, pero las mujeres tienen un pequeño trapo hecho de algodón, esto lo tienen delante de sus partes desde el ombligo hasta las rodillas. Ahora mandó el don Pedro Mendoza a sus capitanes que se reembarcara a la gente en los barcos y se la pusiera o condujera al otro lado del río Paraná pues en este lugar la anchura del Parara no es más ancha que ocho leguas de camino.

Capítulo 7.

Allí hemos levantado un asiento, que llamamos Buenos Aires; esto, dicho en alemán, es: buen viento. También hemos traído desde España sobre los sobredichos catorce barcos setenta y dos caballos y yeguas y han llegado al susodicho asiento de Buenos Aires; ahí hemos encontrado un lugar de indios los cuales se han llamado Querandís; ellos han sido alrededor de tres mil hombres formados con sus mujeres e hijos y nos han traído pescados y carne para comer. También estas mujeres tienen un pequeño paño de algodón delante de sus partes. En cuanto a estos susodichos Querandís no tienen un paradero propio en el país; vagan por la tierra al igual que aquí en los países alemanes los gitanos. Cuando estos indios Querandís se van tierra adentro para el verano sucede que en muchas ocasiones hallan seco a todo el país por treinta leguas de camino y no se encuentra agua alguna para beber; y cuando acaso agarran o asaetan un venado u otra salvajina, juntan la sangre de éstas y la beben. También en casos buscan una raíz que se llama cardo y entonces la comen por la sed; cuando los susodichos Querandís no quieren morirse de sed y no hallan agua en el pago, beben esta sangre. Pero si acaso alguien piensa que la beben diariamente, esto no lo hacen y así lo dejo dicho en forma clara. Los susodichos Querandís nos han traído diariamente al real durante catorce días su escasez en pescado y carne y sólo fallaron un día en que no nos trajeron que comer. Entonces nuestro general don Pedro Mendoza envió en seguida un alcalde de nombre Juan Pavón y con él dos peones; pues estos susodichos indios estaban a cuatro leguas de nuestro real. Cuando él llegó donde aquéllos estaban, se condujo de un modo tal con los indios que ellos, el alcalde y los dos peones, fueron bien apaleados y después dejaron volver los cristianos a nuestro real. Cuando el dicho alcalde tornó al real, metió tanto alboroto que el capitán general don Pedro Mendoza envió a su hermano carnal don Jorge [Diego] Mendoza con trescientos lansquenetes y treinta caballos bien pertrechados; yo en esto he estado presente. Entonces dispuso y mandó nuestro capitán general don Pedro Mendoza a su hermano don Diego Mendoza, que él junto con nosotros diere muerte y cautivara o apresara a los nombrados Querandís y ocupara su lugar. Cuando llegamos allí sumaban los indios unos cuatro mil hombres pues habían convocado a sus amigos.

Capítulo 8.

Y cuando nosotros quisimos atacarlos se defendieron ellos de tal manera que ese día tuvimos que hacer bastante con ellos; mataron ellos a nuestro capitán don Diego Mendoza y junto con él a seis hidalgos de a caballo, también mataron a tiros alrededor de veinte infantes nuestros y por el lado se los indios sucumbieron alrededor de 1000 hombres; más bien más que menos; y se han defendido muy valientemente contra nosotros, como bien lo hemos experimentado. Dichos Querandís tienen para arma unos arcos de mano y dardos; éstos son hechos como medias lanzas y adelante en la punta tienen un filo hecho de pedernal. Y también tienen una bola de piedra y colocada en ella un largo cordel al igual como una bola de plomo en Alemania. Ellos tiran esta bola alrededor de las patas de un caballo o de un venado que tiene que caer; así con esta bola se ha dado muerte a nuestro sobredicho capitán y sus hidalgos pues yo mismo lo he visto; también a nuestros infantes se los ha muerto con los susodichos dardos. Dios el Todopoderoso nos dio su gracia divina que nosotros vencimos a los sobredichos Querandís y ocupamos su lugar; pero de los indios no pudimos apresar ninguno. En la sobredicha localidad los Querandís habían hecho huir sus mujeres e hijos antes de que nosotros los atacamos. Y en la localidad no hallamos nada fuera de cuero curtido corambre sobado de nutrias u Otter, como se las llama y mucho pescado y harina de pescado, también manteca de pescado. Allí permanecimos tres días; después retornamos a nuestro real y dejamos unos cien hombres de nuestra gente; pues hay buenas aguas de pesca en ese mismo paraje, también hicimos pescar con las redes de ellos para que sacaran peces a fin de mantener la gente pues no se daba más de seis medias onzas de harina de grano todos los dias y tras el tercer dia se agregaba un pescado a su comida. Y la pesca duró dos meses y quien quería comer un pescado tenía que andar las cuatro leguas de camino en su busca.

Capítulo 9.

Después que nosotros vinimos de nuevo a nuestro real, se repartió toda la gente; la que era para la guerra se empleó en la guerra; y la que era para el trabajo se empleó en el trabajo. Allí se levantó un asiento y una casa fuerte para nuestro capitán general don Pedro Mendoza y un muro de tierra en derredor de la ciudad de una altura hasta donde uno puede alcanzar con un florete. Este muro era de tres pies de ancho y lo que se levantaba hoy se venía mañana de nuevo al suelo; a más la gente no tenía qué comer y se moría de hambre y padecía gran escasez, al extremo de que los caballos no daban servicio. Fue tal la pena y el desastre del hambre que no bastaron ratones, ni ratas ni víboras ni otras sabandijas; también los zapatos y cueros, todo tuvo que ser comido. Sucedió que tres españoles habían hurtado un caballo y se lo comieron a escondidas; y esto se supo; así se los prendió y se los dio tormento para que confesaran tal hecho. Entonces fue pronunciada la sentencia que a los tres susodichos españoles se los condenara y ajusticiara y se los colgara en una horca. Así se cumplió esto y se los colgó en una horca. Ni bien se los había ajusticiado y cada cual se fue a su casa y se hizo noche, aconteció en la misma noche por parte de otros españoles que ellos han cortado los muslos y los pedazos de carne del cuerpo y los han llevado a su alojamiento y comido. También ha ocurrido entonces que un español se ha comido su propio hermano que estaba muerto. Esto ha sucedido en el año de 1535 en nuestro día de Corpus Cristi en la sobredicha ciudad de Buenos Aires.

Capítulo 10.

Como ahora nuestro capitán general don Pedro Mendoza juzgó que él no podía mantener su gente, ordenó y dispuso a sus capitanes que se hicieran cuatro bergantines; y pueden viajar cuarenta hombres en una tal barquilla y hay que moverlas a remo. Y cuando tales cuatro barcos que se llaman bergantines estuvieron aparejados y listos, junto con otras pequeñas barquillas a las cuales se las llama bateles o botes, de nanera que en total fueron siete barcos; cuando todos estos estuvieron aparejados, ordenó y mandó nuestro capitán general don Pedro Mendoza a sus capitanes que se convocara a la gente. Cuando esto ocurrió y la gente estuvo reunida, tomó nuestro capitán trescientos cincuenta hombres con sus arcabuces y ballestas y navegamos aguas arriba por el Paraná para buscar los indios para que nosotros pudiéramos lograr comida y bastimento. Pero cuando estos indios nos hubieron divisado, huyeron todos ante nosotros y no pudieron hacernos mayor bellaquería como la de quemar y destruir los alimentos; esto era su modo de guerra; así nosotros no tuvimos nada que comer ni mucho ni poco pues se le daba a cada uno tres medías onzas de pan en bizcocho en cada día. En este viaje murieron de hambre la mitad de nuestra gente. Así tuvimos que regresar, porque nada pudimos lograr en este viaje y estuvimos en andanzas por dos meses. Cuando vinimos de nuevo al lugar donde estaba nuestro capitán general el don Pedro Mendoza, hizo llamar él enseguida a nuestro capitán que había estado con nosotros en el viaje; éste se llamaba Jorge Luján. Entonces nuestro capitán general tomó relación del susodicho Jorge Luján de qué modo había ocurrido que se le hubiera muerto tanta gente. A esto él le respondió que él no había tenido comida alguna y que los indios habían huído todos, como vosotros lo habéis sabido muy bien más arriba.

Capítulo 11.

Después de todo esto permanecimos reunidos durante un mes en la ciudad de Buenos Aires en gran penuria y escasez hasta que se hubieren aprestado los barcos. En este tiempo en que estuvimos reunidos, vinieron los indios contra nuestro asiento de Buenos Aires con gran poder e ímpetu hasta veintitrés mil hombres y eran en conjunto cuatro naciones; una se llamaba los Querandís, la otra los Guaranís, la tercera los Charrúas, la cuarta los Chana-Timbús. Tenían la intención de matarnos a todos nosotros pero dios el Todopoderoso no les concedió tanta gracia aunque estos susodichos indios quemaron nuestro lugar; pues nuestras casas estaban techadas con paja pero la casa del capitán general estaba cubierta con tejas. Pero de cómo han quemado nuestro lugar y casas quiero comunicar con brevedad y dar a comprender. Algunos de los indios llevaban el asalto y los otros tiraban sobre las casas con flechas encendidas para que nosotros no pudiéramos tener tanto tiempo que hubiéramos podido salvar nuestras casas. Las flechas que ellos tiraban son hechas de cañas y ellos las encienden adelante en la punta. También hacen flechas otro palo que si se le enciende, arde también y no se apaga. Donde se la tira sobre las casas, comienza a arder. En la escaramuza perecieron de entre treinta hombres Capitanes y alféreces y otros buenos compañeros. Dios los sea clemente y misericordioso y a nosotros todos. Amén. En este ataque quemaron también cuatro barcos grandes pues estos barcos estaban surtos hasta a media legua de nuestra ciudad de Buenos Aires; ahí estos barcos no tenían sobre ellos ninguna artillería; la gente que estaba sobre estos barcos, cuando vio tan gran multitud de indios huyó hacia otros tres barcos que estaban surtos ahí cerca. Cuando notaron ellos esto y vieron arder los otros barcos, pusiéronse a la defensa y descargaron la artillería contra sus enemigos. Pero cuando los indios vieron y sintieron esto de la artillería se retiraron y nos dejaron en paz. Esto ha ocurrido en el año 1535 y en el día de San Juan.

Capítulo 12.

Después de haber acontecido todo esto, tuvo que meterse en los barcos toda la gente, nuestro capitán general don Pedro Mendoza mandó y dio su poder a un capitán que se llamaba Juan Ayolas para que éste fuere nuestro capitán general y gobernara la gente. Entonces este capitán Juan Ayolas mandó convocar la gente e hizo un alarde. Entonces encontró que de los dos mil quinientos hombres estaban aún con vida unos quinientos sesenta de gente de guerra; los demás habían hallado la muerte por hambre o por haber sido muertos por los indios. Dios les sea clemente y misericordioso y a nosotros todos. Amén. Por aquel tiempo perecieron en este mismo tiempo hasta unas veinte personas, que fueron muertos y comidos por las Carios. Dispuso nuestro capitán Juan Ayolas con los marineros que aprestaran ocho pequeños barquitos bergantines y bateles o botes que él con este gente y buques quería navegar aguas arriba por el río Paraná y buscar una nación que se llama Timbúes para que él obtuviere bastimentos para mantener la gente. A esto dio cumplimiento nuestro capitán Juan Ayolas y apartó cuatrocientos hombres de los quinientos sesenta y los otros ciento sesenta los dejó en los cuatro barcos para que cuidaran estos cuatro barcos y les dió un capitán que se llamaba Juan Romero. Éste debía mirar por los barcos y guardarlos y les dio bastimentos por un año para que todos los días se diere a cada hombre de guerra ocho medias onzas de pan o harina; si alguno quería comer más que se lo buscara.

Capítulo 13.

Nuestro capitán Juan Ayolas mandó convocar la tropa, los cuatrocientos hombres y los embarcó en los barcos y viajó aguas arriba por el sobredicho río Paraná. También viajó con nosotros nuestro supremo capitán general don Pedro Mendoza y estuvimos durante dos meses en viaje, pues hay ochenta y cuatro leguas desde los cuatro barcos que habíamos dejado hasta estos indios que se llaman Timbús y llevan en ambos lados de las narices una pequeña estrellita que está hecha de una piedra blanca y azul y son gentes grandes y garbosas de cuerpo; pero las mujeres son toscas y las jóvenes y viejas están siempre rasguñadas y ensangrentadas debajo de los ojos; y la fuerza de los indios es mucha como sabréis por mí más adelante y no comen otra cosa que pescado y carne. En toda su vida no han tenido otra comida. Se calcula a esta nación como de quince mil hombres, más bien mas que menos; también tienen canoas de las que allá afuera en Alemania se llaman barquillas como usan los pescadores. Estas barquillas son hechas de un árbol y las barquillas tienen un ancho de tres pies y en el fondo un Iargo de ochenta pies. En todo tiempo viajan en ellas hasta diez y seis hombres y todos deben remar y tienen remos como los pescadores en Alemania, fuera de que no son reforzados con hierro abajo en la punta. Cuando vinimos con nuestros barcos hasta a cuatro leguas de camino de su localidad, entonces nos divisaron y vinieron a nuestro encuentro hasta en cuatrocientas canoas o barquillas y en cada barquilla estaban diez y seis hombres y se vinieron a nosotros en modo pacífico. Nuestro capitán general Juan Ayolas regaló al indio principal de los Timbús que se llamaba Cheraguazú una camisa y un birrete rojo, un hacha y otras cosas más de rescate. Dicho Cheraguazú nos condujo a su localidad y nos dieron de comer pescado y carne en divina abundancia, pero si el susodicho viaje hubiere durado diez días más, no se hubiere salvado ninguno de nosotros de hambre. Así que los cuatrocientos hombres han muerto en este viaje cincuenta hombres.

Capítulo 14.

Después de esto quedamos en esta localidad por tres años. Pero nuestro capitán general don Pedro Mendoza estaba lleno de gálicos y tullido; no podía mover ni pies ni manos y había consumido en este viaje cuarenta mil duros en dinero efectivo. Así no quiso estar más junto a nosotros en la tierra y quiso viajar de nuevo hacia España como así lo hizo y viajó de retorno con dos pequeños barquitos-bergantines y vino a los cuatro barcos grandes en Buenos Aires y tomó con cincuenta hombres y viajó de nuevo a España con dos barcos grandes y dejó los otros dos barcos en Buenos Aires. Pero cuando nuestro capitán general don Pedro Mendoza había llegado a mitad de camino, Dios Todopoderoso le acometió en manera que muriese miserablemente; Dios lo sea clemente y misericordioso. También había convenido con nosotros antes que él saliere del país que ni bien él o los barcos vinieren a España, iba a mandar en seguida como lo primero otros dos barcos al Río de la Plata; todo lo que él dispuso en su lecho de muerte y en su testamento, todo eso se ha hecho; también había encargado gente y ropa, rescate y todo lo que en este tiempo ha sido menester. Ni bien llegaron los dos barcos a España fueron entregadas las cartas. Cuando los consejeros de su Cesárea Majestad supieron esto de lo que sucedía en el país despacharon lo más pronto posible dos barcos grandes con gente y alimentos y mercaderías, también como que se necesitaba en el país.

Capítulo 15.

También el capitán que ha partido en este tiempo al Río de la Plata se ha llamado Alonso Cabrera y trajo con él más de doscientos españoles. Trajo con él bastimentos para dos años y vino en el año 1538 a Buenos Aires, donde habían quedado los dos buques con ciento sesenta hombres, como vosotros habés sabido en la 15º hoja. Y el capitán Alonso Cabrera hizo aprestar cuatro barcos-bergantines y embarcó en ellos víveres y otras cosas más que se necesitan en este viaje. Así su Cesárea Majestad había dado orden al Alonso Cabrera que entonces viajó capitán sobre los doscientos hombres y los dos barcos que han venido desde España que ni bien él llegara al lado de Juan Ayolas, enviara en seguida un buque de vuelta a España y diere relación de la tierra. En cuanto él llegó al lado del Juan Ayolas, nuestro capitán general, dispuso él entonces enseguida y envió un barco de nuevo a España e hizo saber a los consejeros de su Cesárea Majestad cómo iban las cosas en el país y lo que había de existencias. Después de todo esto el capitán general Juan Ayolas celebró un consejo con Alonso Cabrera y Domingo Martínez de Irala y con otros capitanes; ellos quisieron navegar por el río Paraná arriba con cuatrocientos hombres y ocho buques bergantines y buscar un río que se llama Paraguay.

Capítulo 16.

Sobre este río Paraboe (Paraguay) viven Carios que tienen trigo turco (maíz) y una raíz que se llama mandioca y otras buenas raíces más que se llaman patatas y mandioca-poropí y mandioca-pepirá. La raíz de batata se parece a una manzana y tiene el mismo gusto; la mandioca-poropí tiene un gusto como castaña. De la mandioca-pepirá se hace un vino que toman los indios. Los Carios tienen también pescado y carne y ovejas grandes como en esta tierra los mulos romos (mulas); también tienen puercos del monte y otra salvajina y avestruces; también tienen gallinas y gansos en divina abundancia. Después de esto, mandó nuestro capitán general Juan Ayolas que se reuniera la gente con sus armas pues él quería hacer un alarde como luego lo hizo, de modo que halló que entre su gente y la gente que había venido con Alonso Cabrera desde España eran en todo quinientos cincuenta hombres; él tomó cuatrocientos hombres y a los otros ciento cincuenta hombres los dejó al lado de los sobredichos Timbús, pues no se tenían bastantes barcos para que navegara la gente reunida y les dejó también a ellos, a los ciento cincuenta de gente de guerra un capitán que debía gobernarlos y ejercer justicia; éste se llamaba Carolus Dubrin, un alemán, y había sido tiempos antes mozo de cámara de su Cesárea Majestad. Zarpamos desde este puerto que se ha llamado Buena Esperanza con ocho buques-bergantines; así vinimos el primer día a cuatro leguas de camino a una nación que se llama Corondá; viven de pescado y carne y son aproximadamente cerca de doce mil en gente adulta que se emplea para la guerra y son iguales a los sobredichos Timbús. También tienen dos estrellitas en ambos lados de la nariz; son gentes garbosas en sus personas pero las mujeres feamente arañadas bajo los ojos y ensangrentadas, jóvenes y viejas; y sus partes están cubiertas con un paño hecho de algodón. Estos indios tienen mucho cuero curtido de las nutrias y tienen también muchísimas canoas o barquillas. Ellos compartieron con nosotros su escasez de pescado y carne y cuero curtido sobado y otras cosas más; nosotros también del mismo modo les dimos cuentas de vidrio, rosario, espejos, peines, cuchillos y otros rescates más y quedamos con ellos durante dos días. También nos dieron dos indios de los Carios que eran sus cautivos para que nos enseñaran el camino y a causa de la lengua.

Capítulo 17.

De ahí navegamos hacia una nación que se llama Quiloazas y son ellos alrededor de cuarenta mil hombres de pelea y tienen para comer pescado y carne, y tienen también dos estrellitas en la nariz como los sobredichos Timbús y Corondás; las tres naciones hablan todas una sola lengua; y desde los susodichos Corondás hay treinta leguas de camino hasta los Quiloazas y viven en una laguna; ésta es extensa o larga unas seis leguas de camino y ancha unas cuatro leguas; con ellos quedamos cuatro días; también nos participaron su escasez; nosotros hicimos lo mismo; estos indios habitan en la orilla izquierda del Paraná. Desde ahí navegamos durante diez y seis días sin que viéramos ni encontráramos gente alguna. En esto vinimos a un pequeño río; éste corre hacia el interior del país. En este río hallamos reunida mucha gente que se llama Mocoretás; éstos no tienen otra cosa que comer que pescado y carne pero por parte mayor tienen pescado. Estos indios cuentan alrededor de diez y ocho mil hombres para pelear; tienen muchísimas canoas, éstas son barquillas. Estos Mocoretás nos han recibido muy bien a su manera y nos han dado lo que nosotros hubimos menester en pescados y carne. Así quedamos con ellos cuatro días. Habitan en la otra banda del rio Paraná y eso es en la orilla derecha; hablan otra lengua y también tienen dos estrellitas en la nariz y son gentes garbosas y bien formadas de cuerpo pero las mujeres son feas como las sobredichas mujeres. Desde los sobredichos Quiloazas hasta estos Mocoretás hay sesenta y cuatro leguas de camino. Cuando estuvimos entre estos Mocoretás, encontramos por casualidad en tierra una gran serpiente larga como de veinte y cinco pies y tan grande como un hombre en la grosura y era salpicada de negro y amarillo. Así la matamos de un tiro de arcabuz. Cuando los indios la vieron, se admiraron mucho de la serpiente porque nunca jamás habían visto tan gran serpiente; y esta serpiente ha hecho mucho mal a los indios, pues cuando querían bañarse, estaba esta serpiente en el río y pegaba su cola alrededor del indio y lo tiraba bajo el agua y lo comía, de modo que los indios no sabían cómo podía suceder que esta serpiente ha comido muchos indios. Yo mismo he medido tal serpiente a lo largo y a lo ancho, así que yo bien lo sé, etc. Los indios Mocoretás han tomado esta víbora y la han hachado en pedazos y la han llevado a sus casas y la han comido asada y cocida.

Capítulo 18.

De ahí partimos de nuevo desde los indios y navegamos río arriba por el Paraná en cuatro jornadas y vinimos a una nación que se llama Chanás Salvajes; son hombres bajos y gentes gruesas y no tienen otra cosa para comer que carne y miel. Las mujeres no tienen nada delante de sus partes, y andan completamente desnudas, mujeres y hombres, tales cuales Dios el Todopodoroso los ha puesto en el mundo y guerrean con los Mocoretás. Su carne es la de venados y puercos del monte, avestruces, también conejos que son iguales a una rata grande salvo que no tienen cola. Así que no permanecimos más de una noche pues ellos no tenían nada que comer porque hacía cinco días habían venido al río Paraná para pescar y guerrear contra los Mocoretás. Es una gente igual como allá afuera los salteadores; cometen una iniquidad y huyen de retorno. Estuvimos de camino desde los Mocoretás durante cuatro días y hay diez y seis leguas de camino de distancia de donde los encontramos, pero por lo habitual ellos habitan tierra adentro a veinte leguas del río para que los Mocoretás no los asalten. Estos Chanás Salvajes son dos mil hombres de gente de pelea. Desde ahí navegamos y vinimos a una nación que se llama Mapenis y son muchísimos. No habitan todos en conjunto, pero en dos días pueden reunirse sobre el río y la tierra. Se los calcula en cerca de cien mil hombres y tienen una tierra como de cuarenta leguas de larga y ancha. También tienen más canoas o barquillas que cualquier otra nación que nosotros hasta ahora hemos visto aquí. En una canoa pueden viajar hasta veinte personas y ellos nos recibieron en modo de guerra sobre el río con quinientas canoas o barquillas. Pero los susodichos Mapenis no han ganado mucho con nosotros y nosotros con nuestros arcabuces hemos baleado y dado muerte a muchos en ese entonces; pues ellos no habían visto antes jamás cristiano alguno ni arcabuces. Cuando vinimos nosotros a sus casas o localidad, no pudimos ganarles nada, pues había una legua de camino desde el río Paraná donde teníamos nuestros buques. Cuando vinimos al pueblo había agua y muy honda alrededor del pueblo; no pudimos ganarles nada. Hallamos doscientas cincuenta canoas o barquillas, las cuales hemos quemado y destrozado todas. Tampoco debimos quedar lejos de nuestros barcos pues también recelábamos de ellos que atacarían los buques por algún otro lado. Así volvimos de nuevo a nuestros buques; el guerrear de los susodichos Mapenis no es otro que sobre el agua. Así hay desde los sobredichos Chaná-Salvajes noventa y cinco leguas de camino hasta estos Mapenis.

Capítulo 19.

Así navegamos desde ahí y vinimos en ocho días a un río que se llama Paraguay; éste está sobre la mano izquierda; y dejamos al Parana y navegamos por el Paraguay arriba; entonces hallamos muchísima gente reunida, éstos se llaman Curemaguás. Estos no tienen otra cosa para comer que pescado y carne y cuernitos de morueco (algarroba) o sea pan de San Juan. Los indios hacen vino de estos cuernitos de morueco. Así los susodichos Curemaguás nos dieron todo lo que entonces necesitábamos y se ofrecieron mucho a nosotros. Los hombres y mujeres son muy altas y grandes. Los hombres tienen un agujerito sobre la nariz, por ahí meten ellos una pluma de papagayo para embellecerse; las mujeres son pintadas con largas rayas azules bajo los ojos, esto perdura por la eternidad y tienen cubiertas sus partes desde el ombligo hasta la rodilla con un paño de algodón. También desde los sobredichos Mapenis hay cuarenta leguas hasta estos Curemaguás; ahí quedamos por tres días. Y de ahí navegamos hacia una nación que se llaman Agaces; tienen pescado y carne para comer y los hombres y las mujeres son gentes garbosas y altas. Las mujeres son lindas y pintadas bajo los ojos como las susodichas mujeres y tienen también delante de sus partes un paño hecho de algodón. Cuando vinimos hacia los susodichos Agaces, pusieronse ellos a la defensa e intentaron guerrear y no quisieron dejarnos pasar adelante. Cuando nosotros conocimos esto de parte de los sobredichos Agaces y vimos que, sin embargo, ninguna bondad iba a remediar, lo encomendamos a Dios el Todopoderoso y hicimos nuestra ordenanza y marchamos contra ellos por agua y tierra y nos batimos con ellos y exterminamos muchísimos de los susodichos Agaces. Ellos nos mataron alrededor de quince hombres, que Dios les sea clemente y misericordioso y a todos nosotros, amén. Estos susodichos Agaces son la mejor gente de guerra que hay sobre todo el río, pero por tierra no lo son tanto. A sus mujeres e hijos y alimentos los habían llevado en fuga y ocultado de manera que nosotros tampoco pudimos quitarles sus mujeres e hijos a aquellos que habían huído y escapado. Pero como les fue a aquellos lo sabréis muy bien después en breve. Ellos tienen también muchísimas canoas o barquillas; desde los sobredichos Mocoretás hasta estos Agaces hay treinta y cinco leguas y el pueblo de los Agaces está sobre un río que se llama Ipetí y se encuentra sobre el otro lado del Paraguay; el río viene desde las sierras del Perú, de un lugar que se llama Tucumán.

Capítulo 20.

Después que dejamos a los Agaces, vinimos a una nación que se llaman Carios y hay cincuenta leguas de camino desde los Agaces. Ahí nos dio Dios el Todopoderoso su gracia divina que entre los susodichos Carios o Guaranís hallamos trigo turco o maíz y mandiotín, batatas, mandioca-poropí, mandioca-pepirá, maní, bocaja y otros alimentos más, también pescado y carne, venados, puercos del monte, avestruces, ovejas indias, conejos, gallinas y gansos y otras salvajinas las que no puedo describir todas en esta vez. También hay en divina abundancia la miel de la cual se hace el vino; tienen también muchísimo algodón en la tierra. Estos Carios tienen bajo su dominio una tierra grande; yo creo y es verídico, alrededor de trescientas leguas a lo largo ancho que es su residencia. Estos Carios o Guaranís son gentes bajas y gruesas y pueden aguantar algo más que otras naciones. Los hombres tienen en el labio un pequeño agujerito, en ese meten un cristal que es de un largo como de dos jemes y grueso como un canuto de pluma y el color es amarillo y se le llama en indio un paraboe. Las mujeres y los hombres andan completamente desnudos, como Dios el Todopoderoso los ha creado. El padre vende su hija, y el marido su mujer cuando ella no le place, y el hermano su hermana; una mujer cuesta una camisa o un cuchillo, o una pequeña hacha u otro rescate más. Los Carios han comido carne humana cuando nosotros vinimos a ellos; cómo la comen lo sabréis en lo que sigue. Cuando estos susodichos Carios hacen la guerra contra sus enemigos, entonces a quien de estos enemigos agarran o logran, sea hombre o mujer, sea joven o vieja, sean niños los ceban como aquí en esta tierra se ceba un cerdo, pero si la mujer es algo linda, la conserva un año o tres. Cuando ya están cansados de ella, la matan y la comen; hacen una fiesta o gran función al igual como se hace en Alemania pero si es un hombre anciano o mujer vieja se le hace trabajar a éste en las rozas y a ésta en preparar la comida para su amo. Los sobredichos Carios migran más lejos que ninguna nación que están en esta tierra en Río de la Plata y no hay nación alguna que sea mejor para ocuparla en las guerras por tierra y que pueda aguantar más que los sobredichos Carios. Hemos halldo su localidad o asiento de estos Carios sobre un terreno alto sobre el río Paraguay.

Capítulo 21.

Y la localidad se ha llamado en tiempos anteriores en su idioma indio Lambaré. Este asiento está hecho de dos empalizadas de palos en derredor o en círculo y cada poste ha sido tan grueso como un hombre en la grosura y en el medio y desde una a otra ha estado parada una empalizada a doce pasos y los postes han estado enterrados bajo tierra por una buena braza y sobre la tierra tan altos como hasta donde un hombre puede alcanzar con una espada larga. Los Carios han tenido sus trincheras, también han hecho fosos a distancia de quince pasos de este muro o empalizada tan hondos cuan altos tres hombres. Dentro de éstos habían clavado una lanza hecha de un palo duro y ha sido tan afilada como es puntiaguda una aguja. Han cubierto estos fosos con paja y pequeñas ramitas del bosque y volcado encima un poco de tierra y hierba para que nosotros no viéramos a estos fosos como que habían sido fosos para si ocurriera que nosotros los cristianos quisiéramos correr tras los susodichos Carios que nosotros cayéramos en ellos. Y estos fosos han sido perjudiciales para ellos y ellos mismos han caído adentro en esta manera: cuando nuestro capitán general Juan Ayolas ha venido con los bergantines o buques a los susodichos Carios o Guaranís a tierra, dispuso y mandó a sus alféreces y sargentos principales que nosotros hiciéramos ponerse en ordenanza la gente de guerra y marcháramos contra la ciudad. Dejamos sesenta hombres en los bergantines para que éstos quedaran guardados y con los otros nos alejamos hacia el asiento de Lambaré hasta un buen tiro de arcabuz. Así nos divisaron los sobredichos Carios con cerca de cuarenta mil hombres de pelea con sus arcos de arma y flechas y dijeron a nuestro capitán general Juan Ayolas que nos volviéramos de nuevo a nuestros bergantines o nuestros barcos, y ellos nos proveerían de bastimentos y también de lo que nosotros necesitáramos y que nos alejáramos de ahí; si no ellos serían nuestros enemigos. Pero nosotros y nuestro capitán general Juan Ayolas no quisimos retroceder de nuevo, pues la tierra y la gente nos parecieron muy convenientes, junto con la mantención; pues nosotros en cuatro años no habíamos comido pan ninguno, sino que sólo con peces y carne nos hemos sustentado Ya que nosotros no quisimos hacer esto, tomaron ellos sus arcos y nos recibieron y nos dieron la bienvenida. Aun así nosotros no quisimos hacerles nada, al contrario, les hicimos requerir por un lengua en tres veces y quisimos ser sus amigos, pero de esto no quisieron hacer caso. A esto, ellos aun no habían probado nuestras armas. Pero cuando estuvimos cerca de ellos, hicimos estallar entonces nuestros arcabuces. Cuando ellos oyeron nuestras armas y vieron que su gente caía al suelo y no veía ni bala ni flecha alguna, sino un agujero en el cuerpo, no pudieron permanecer y huyeron y caían los unos sobre los otros como los perros y sn fueron a su pueblo. Algunos entraron en el pueblo; otros, alrededor de doscientos hombres, cayeron en los fosos, porque no habían tenido tiempo suficiente para mirar en derredor suyo. Después de esto llegamos al pueblo pero los indios que estaban en el pueblo se sostuvieron lo mejor que pudieron y se defendieron muy valientemente por dos días. Mas cuando vieron los indios que no podían sostenerlo más y temieron por sus mujeres e hijos, pues los tenían a su lado en el pueblo, vinieron ellos, estos susodichos Carios, y pidieron a nuestro capitán general Juan Ayolas que los recibiera en perdón; que ellos harían todo cuanto nosotros quisiéramos. También trajeron y regalaron a nuestro capitán Juan Ayolas seis mujeres, la mayor era de diez y ocho años de edad; también le hicieron un presente de alrededor de unos nueve venados y otra carne de monte. A más nos pidieron que permaneciéramos con ellos y dieron a cada gente de guerra u hombre dos mujeres para que cuidaran de nosotros, cocinaran, lavaran y atendieran en otras cosas más de las que uno en aquel tiempo ha necesitado. También nos dieron sustento de comida de la que nosotros tuvimos necesidad en esa ocasión. Con esto quedó hecha la paz con los Carios.

Capítulo 22.

Después de todo esto los Carios debieron edificar para nosotros una casa grande y fuerte de piedra y tierra, y aun de palos, para que por si con el tiempo sucediera que los sobredichos Carios quisieran rebelarse contra los cristianos, estos cristianos tuvieren entonces un amparo y se sostuvieron y defendieron contra los Carios. Así duró la amistad con los Carios durante cuatro años. Hemos tomado esta localidad en el día de Nuestra Señora de Asunción en el año de 1539 y aún se llama la ciudad Nuestra Señora de Asunción. De los españoles y de otras naciones han perecido en esta escaramuza unos diez y seis hombres. Allí quedamos unos dos meses. Desde los sobredichos Agaces hasta estos Carios hay treinta leguas de camino; desde la localidad de Buena Esperanza que quiere decir en alemán gute Hoffnung, donde están los Timbús, hay alrededor de trescientas cincuenta y cinco leguas de camino hasta estos Carios. Y después de todo esto hicimos una alianza con los Carios por si querían marchar con nosotros contra los sobredichos Agaces y guerrearlos. Con esto estuvieron bien conformes y nuestro capitán les preguntó con cuánta fuerzas querían marchar con nosotros contra los enemigos; entonces los Carios dieron a nuestro capitán la respuesta que con fuerza de ocho mil hombres. Así nuestro capitán estuvo en contento; entonces nuestro capitán general Juan Ayolas tomó trescientos españoles y con los Carios y marcharon aguas abajo y por tierra por las treinta leguas donde están los Agaces susodichos, como vosotros habéis sabido en la vigésima quinta hoja cómo ellos nos han tratado. Los hallamos en el antiguo lugar donde los habíamos dejado antes entre las tres y cuatro horas durmiendo en sus casas, sin sentir nada, pues los Carios los habían espiado. Así dimos muerte a los hombres, mujeres y aun a los niños. Es que los Carios son un pueblo así que cuantos ven o encuentran frente a ellos en la guerra deben morir todos; no tienen compasion con ningún ser humano. Tomamos hasta quinientas canoas grandes o barquillas y quemamos todos los pueblos que encontramos e hicimos a ellos un gran daño. A los cuatro meses después vinieron aquellos Agaces que habían escapado con vida, pues tampoco habían estado todos juntos en la escaramuza y pidieron clemencia a nuestro capitán Juan Ayolas. Así nuestro capitán tuvo que recibirlos en concordia, pues así había mandado y dispuesto la Cesárea Majestad que toda vez que se presentará cualquier principal de los indios y pidiere perdón hasta por tercera vez, débese concedérselo y guardárselo. Pero si sucediera que por tercera vez él violara la paz con los cristianos, entonces debe quedar por toda su vida como un esclavo o cautivo o prisionero.

Capítulo 23.

Después de todo esto permanecimos séis meses en la sobredicha ciudad Nuestra Señora de Asunción o Unser lieben Frau Himmelfahrt y reposamos durante este tiempo. Entonces nuestro capitán general Juan Ayolas hizo preguntar a los sobredichos Carios acerca de una nación que se llaman Payaguás. Entonces contestaron a nuestro capitán que estos Payaguás estaban a cien leguas de camino de la susodicha ciudad de Asunción, río Paraguay arriba. Cuando nuestro general ha sabido esto por los Carios, preguntóles también si los susodichos Payaguás tenían bastimento y qué clase de bastimento y también qué gente era y cómo andaban, y qué tenían para nosotros; entonces respondieron los Carios a nuestro capitán que los Payaguás no tenían otros alimentos que pescado y carne. También tienen cuernitos de morueco o sea algarroba o pan de San Juan y de estos cuernitos de morueco hacen una harina, ésa se la comen con los pescados. De los cuernitos de morueco hacen ellos también un vino y es muy bueno, como en Alemania la aloja. Cuando nuestro capitán general Juan Ayolas supo todo esto por los susodichos Carios, ordenó él entonces a los Carios que cargaran dentro de dos meses cinco barcos con provisiones de trigo turco y otro bastimento más que en esos países es habitual consumo y que él en este tiempo también quería aprestarse con sus compañeros e iba a navegar hacia los susodichos Payaguás y desde ahí más adelante hacia una nación que se llaman Carcará. Entonces dieron los Carios a nuestro capitán la respuesta que ellos querían ser dispuestos y obedientes y cumplir su mandado. También mandó y dispuso nuestro capitán con los marineros que ellos aparejaran los buques para realizar el viaje. Después que todo esto estuvo ordenado y cumplido y los buques estuvieron cargados con bastimentos, dispuso nuestro capitán Juan Ayolas con sus capitanes y alféreces, también los sargentos principales que ellos convocaran la gente. Cuando todo esto se cumplió, tomó nuestro capitán Juan Ayolas de entre estos cuatrocientos hombres unos trescientos hombres bien pertrechados con nuestras armas y los ciento sesenta hombres los dejó en la sobredicha fortaleza que se llama Nuestra Señora de Asunción donde viven los susodichos Carios. Después de todo esto ordenó entonces nuestro capitán a los sargentos principales que nosotros ordenáramos a la gente que se fueren a los barcos. Cuando toda la gente de guerra estuvo en los buques, navegó nuestro capitán Juan Ayolas río arriba. Ahí hallamos a cada cinco leguas de camino una localidad de los susodichos Carios que se asientan ahí sobre el río Paraguay. En cada ocasión que vinimos a sus lugares, los Carios trajeron a nosotros, los cristianos, bastimentos: pescado y carne, gallinas, gansos, ovejas indias, avestruces y otras cosas más, todo lo que entonces necesitábamos y lo que ellos tenían. Pero cuando nosotros vinimos a la última localidad que se llama Guayviaño, que está a ochenta leguas de la ciudad de Nuestra Señora de Asunción, tomamos de los susodichos Carios bastimentos y otras cosas mas que hubimos menester entonces en nuestro viaje.

Capítulo 24.

De ahí partimos y venimos a un cerro que se llama San Fernando; éste se parece al Bogenberg. Ahí encontramos los sobredichos Payaguás; desde el lugar de Guayviaño hasta estos Payaguás hay doce leguas. Los Payaguás vinieron a nuestro encuentro con cincuenta canoas y nos recibieron con falso corazón, como vosotros lo sabréis después y nos acompañaron a sus casas y para comer nos dieron pescado y carne, también cuernitos de morueco o pan de San Juan. Tras esto quedamos nosotros entre los Payaguás durante unos nueve días. Así nuestro capitán general hizo preguntar a los Payaguás si ellos sabían de una nación que se llama Carcarás; entonces el principal Payaguá dio una respuesta de oídas que los Carcarás estaban lejos tierra adentro, pero que ellos no sabían de esto y que los Carcarás tenían mucho oro y plata, pero nosotros todavía no hemos visto nada. Declararon que esa era gente encendida como nosotros los cristianos y tenían mucha comida; trigo turco y mandioca y maní, batatas, bocaja, mandioca-poropí, mandiotín, mandioca-pepirá y otras raíces más, carne de las ovejas indias, antas, este animal se parece a un burro en la cabeza pero tiene patas como una vaca y es de cuero gris y tiene un cuero grueso como de búfalo, venados, conejos, gansos y gallinas en abundancia. Pero estos Payaguás dijeron que no habían visto antes todo esto, pero cuando Juan Ayolas ha entrado en la tierra, lo ha visto y después nosotros lo hemos visto aún mejor; nosotros hemos entrado en la tierra y salimos de nuevo, como vosotros sabréis después. Pidió nuestro capitán a los Payaguas que le dieren algunos hombres que entraren con él al país. Ellos estuvieron dispuestos y el Payaguá principal le dio trescientos indios que debían marchar tierra adentro con él y portar su mantención y el aparejo necesario. Después de todo esto cuando los Payaguás habían dado su contestación, dispuso y mandó nuestro capitán general Juan Ayolas con los sobredichos Payaguás que quisieron entrar con él en la tierra, que se aprestaran para ello; él partiría dentro de cuatro días. También hizo que de los cinco buques desmantelaran tres y dejó dos barcos y en los dos barcos dispuso y dejó él unos cincuenta hombres con sus armas en los dos buques, para que nosotros lo esperáramos durante cuatro meses; si sucediera que él no viniere con estos cuatro meses, que entonces nosotros regresáramos a la ciudad de Nuestra Señora de Asunción. Así nos dejamos estar seis meses con nuestro capitán Domingo Martínez de Irala. Cuando comprendimos que nuestro capitán general Juan Ayolas no vendría, ni una noticia que supiéramos de él, como a eso nos ha faltado el bastimento, así que no tuvimos nada que comer, estuvimos obligados a viajar de nuevo a la ciudad de Nuestra Señora de Asunción a la cual junto con nosotros nuestro capitán general Juan Ayolas había dejado.

Capítulo 25.

Sabed, pues, a continuación sobre la entrada de cómo nuestro capitán general Juan Ayolas entró en la tierra y volvió a salir. Primero él marchó a una nación que se llaman Naperus y éstos son amigos de los Payaguás y no tienen otra cosa que comer que pescado y carne y es una gran nación. Nuestro capitán tomó algunos de estos Naperus que marcharon con él tierra adentro y le enseñaron el camino. Y atravesaron por muchas naciones y padecieron grandes penas y escaseces, hambre y pesadumbres; también tuvo gran resistencia nuestro capitán Juan Ayolas en esta entrada de parte de los indios; se le murió más de la mitad de la gente de los españoles y vino a una nación que se llama Payzunos, ahí no pudo seguir más y tuvo que regresar de nuevo; dejó entre estos Payzunos tres españoles, pues estaban gravísimamente enfermos. Cuando nuestro capitán general Juan Ayolas con españoles e indios cruzó de nuevo la tierra salvamento, o sea con salud hasta los sobredichos Naperus, quedó allí nuestro capitán Juan Ayolas con los españoles durante tres días y reposaron, pues estaban cansadísimos y también enfermos; tampoco tenían munición con ellos. Pero cuando conocieron tal cosa y vieron que éstos estaban enfermos y débiles, resultó que los sobredichos Naperus y Payaguás se convinieron entre sí, las dos generaciones e hicieron un contrato o sea alianza entre ellos, que iban a dar muerte a nuestro capitán general Juan Ayolas, lo que después han hecho. Así, cuando nuestro capitán general Juan Ayolas, por no haber sido prevenido ni haber recelado de ellos, estuvo a las tres jornadas entre los Naperus y los Payaguás en un gran matorral y bosque, ellos han realizado allá su plan y estuvieron ocultos a uno y otro lado del camino donde debía pasar el pobre Juan Ayolas, nuestro capitán general -Dios le sea clemente-, ahí los atropellaron, como perros hambrientos, y los mataron, que ninguno se salvó. Dios les sea clemente y misericordioso y a nosotros todos, amén.

Capítulo 26.

Nosotros supimos de este hecho por un indio que fue un esclavo de Juan Ayolas -Dios le sea clemente- al cual él había traído desde los Payzunos; éste se había escapado y nos contó todo cómo había sucedido desde un comienzo hasta el fin. Después estuvimos durante un año en la sobredicho ciudad Nuestra Señora de Asunción, que está situada allí sobre el río Paraguay y nuestro capitán general Juan Ayolas -Dios le conceda su gracia y misericordia- no quiso aparecer ni nosotros tuvimos nuevas del sobredicho Juan Ayolas, salvo que sólo los Carios habían comunicado a nuestro capitán Domingo Martínez de Irala que los sobredichos Payaguás habían matado a los cristianos. Pero nosotros no quisimos dar crédito a ellos salvo que nos trajeren un Payaguá. Esto tardó cerca de dos meses cuando vinieron los Carios y trajeron a nuestro capitán unos Payaguás que ellos habían cautivado. Cuando nuestro capitán averiguó a los Payaguás si ellos habían hecho tal matanza de Juan Ayolas, ellos lo negaron y dijeron que él aún no había salido de la tierra. Así dispuso nuestro capitán con alcalde y corchetes que atormentaran a los Payaguás y los hicieran confesar. Pero se les dió tal tormento que los Payaguás debieron confesar y declararon que bien fuere verdad que ellos habían matado a los cristianos. Así tomamos los Payaguás y los condenamos y se les ató a ambos contra un árbol y se hizo una gran fogata desde lejos. Así se quemaron con el tiempo. Como esto lo supo nuestro capitán Domingo Martínez de Irala y también nosotros, la gente de guerra, nos pareció bien que hiciéramos un capitán general que nos gobernara y fuere juez hasta tanto su Cesárea Majestad mandara mayormente. Y en seguida hicimos que mandara Domingo Martinez de Irala, pues él había mandado durante largo tiempo y él trataba bien a la gente de guerra y era bien visto por nosotros.

Capítulo 27.

Cuando todo esto hubo ocurrido y el Domingo Martínez de Irala debió gobernar la gente, mandó y dispuso que fueren aprestados cuatro barcos de los bergantines, pués él quería navegar por el río Paraguay abajo hacia los Timbú y Buenos Aires, donde estaba entonces la gente y traer toda la gente a reunirla en la sobredicha ciudad de Nuestra Señora de Asunción en cuanto nuestro capitán general Juan Ayolas -Dios le conceda su gracia y misericordia- había dejado de nuestra gente en Buenos Aires al lado de los barcos: ciento sesenta españoles; también había dejado ciento cincuenta hombres entro los Timbús, como lo halláis en la hoja quince y en la veinte, donde habéis sabido para qué los había dejado. Cuando nuestro capitán general Domingo Martínez de Irala había aprestado los barcos o bergantines, tomó de los doscientos diez hombres sesenta hombres y dejó ciento cincuenta hombres en la susodicha ciudad Nuestra Señora de Asunción y bajó con los cuatro bergantines por el río Paraguay y Paraná y llegó a los sobredichos Timbús, donde estaban los españoles. Sucedió allí que un capitán que se llamaba Francisco Ruiz y Juan Pavón, también un sacerdote y su secretario que se llamaba Juan Hernández, convinieron y celebraron un consejo entre sí, que ellos habían de matar al principal de los Timbús, que se llamaba Chérera-guazú, y algunos indios junto con él, como esto después ha sucedido. Después que ellos los sobredichos cristianos habían matado a los Timbús, vinimos nosotros con nuestro capitán Domingo Martínez de Irala con los cuatro barcos. Cuando él supo esto, se sobresaltó en modo grave por esta matanza y que habían huído los indios. Así nada pudo resolver y dejó bastimentos y provisiones en Corpus Cristi; también veinte hombres de los nuestros con un capitán que se llamaba Antonio Mendoza y mandó, so pena de la vida, que no se fiara de los indios de ninguna manera y que tuviera buena guardia día y noche y si ocurriese que ellos vinieren y quisieran ser otra vez sus amigos, que tratara con ellos y les demostrara buena amistad, pero no por eso se cuidara menos de ellos y estuviera alerta para que no sucediera un perjuicio a él ni a la gente. Nuestro capitán Domingo Martínez de Irala tomó consigo río abajo las cuatro personas que han sido culpables de la matanza de los indios, Francisco Ruiz, Juan Pavón, el sacerdote, su secretario Juan Hernández. Cuando quiso partir desde nosotros nuestro capitán Domingo Martínez de Irala, llegó un principal de los Timbús que se llamaba Zalque Limy, que era gran amigo de los cristianos pero no obstante ello, estuvo obligado a habitar con suyos a causa de su mujer e hijos y amigos. Así clamó el susodicho Timbú Zaique Limy a nuestro capitán Domingo Martínez de Irala que llevara río abajo toda su gente con él, pues todo el país estaba alzado contra ellos y querían matar y echar fuera de la tierra a los cristianos. Nuestro capitán le contestó que él volvería pronto; que su gente era bastante fuerte contra los indios y que él se viniere a los cristianos con mujer e hijos y sus amigos. Él contestó a nuestro capitán que toda su gente cumpliría esto, como lo hizo más tarde, pero diferentemente, como vosotros sabréis después. En esto navegó río abajo nuestro capitán Domingo Martínez de Irala, y nos dejó solos ahí.

Capítulo 28.

Cuando habían pasado ocho días, entonces el Zaique Limy, el Timbú, envió con mente traidora, a uno de sus hermanos que, se llamaba Sueblada, y pidió de nuestro capitán Antonio Mendoza que le diere seis cristianos que tuvieren sus arcabuces, pues él tenía intención de llevar su hogar con sus amigos a nosotros y quería habitar al lado de nosotros. También explicó el susodicho Suebada que como él tenía miedo de sus amigos los Timbús, por esto pedía los seis cristianos a nuestro capitán para que él trajere con más seguridad sus trastos caseros, mujer e hijos y lo que ahí tuviera menester, pero esto era astucia y pura picardía y él se ofreció en grande a nuestro capitán, que él pensaba traernos comida y que cuanto nosotros creyéramos necesario, eso lo haría, como este indio Sueblada con falso corazón se ofrecía tanto, él le prometió entonces cincuenta españoles bien pertrechados con sus armas y se los dio para mayor seguridad, pues siempre son más fuerte cincuenta hombres que seis, como lo indiqué antes y ese nuestro capitán ordenó a los cincuenta hombres, que ahora debían viajar o marchar con el Sueblada, pues no había más que medio cuarto de legua de camino desde el lugar donde vivían los cristianos. Así ordenó nuestro capitán, que tuvieran presente y miraran bien que no recibieron algún daño de los susodichos indios. Cuando los cincuenta hombres españoles vinieron al pago y a las casas, vinieron entonces los amigos de entre los Timbús y les dieron un beso de Judas quien ha hecho falsedad y trajeron a comer pescado y carne y lo que ahí tenían. En esto que estaban comiendo, asaltaron a los cristianos los amigos y otros que estaban ocultos en las casas y en las rozas y les bendijeron la comida en tal modo que ni uno solo de ellos se escapo con vida salvo un muchachón que se llamaba Calderon, pero los demás cristianos tuvieron que dejar la vida. Dios les sea clemente y misericordioso y a todos nosotros. Después los enemigos atacaron nuestro lugar. Más de diez mil Timbús unidos como un solo hombre y sitiaron nuestro pueblo y se creyeron que ellos iban a tomar nuestro pueblo; pero Dios el Todopoderoso no les concedió tanta gracia para que pudieren conseguir algo y así acamparon durante catorce días ante nuestro pueblo y lo asaltaban día y noche. También habían hecho unas lanzas largas mediante las espadas que habían tomado y ganado a los cristianos; con éstas picaban contra nosotros y se defendían. En estos días sucedió en una noche que los indios llevaron un asalto muy fuerte y quemaron nuestras casas. En esto cuando nuestro capitán Antonio Mendoza corrió con un montante hacia un portón y llegó al portón, había unos indios ocultos que no se los pudo ver con sus lanzas y traspasaron con las lanzas al capitán que no pudo decir ni ay! ni guay! Dios le sea clemente. Pero los sobredichos indios no podían aguantar más y no tenían nada que comer; así tuvieron que levantar su campamento y se marcharon de ahí. Después de esto envió nuestro capitán dos barcos bergantines con bastimentos para que tuviéramos que comer hasta tanto él viniere desde Buenos Aires. Cuando hubieron venido estos dos barcos bergantines al lado nuestro en el pueblo de Corpus Cristi o día de Corpus entre los Timbús, estuvimos nosotros los cristianos muy alegres, pero los otros cristianos que estaban entonces en los dos barcos-bergantines estuvieron muy tristes cuando oyeron que habían muerto los cristianos. Celebramos consejo sobre lo que debíamos hacer, si debíamos navegar por el río abajo, o permanecer ahí; convinimos entre nosotros y consideramos bien hecho que todos juntos navegáramos río abajo, como lo hemos hecho. Pero cuando vinimos donde estaba nuestro capitán Domingo Martínez de Irala, se sobresaltó él muchísimo y estuvo acongojado por la gente que ahí había perecido, pues él no sabía qué resolver ni qué hacer con nosotros, pues él no tenía más bastimento.

Capítulo 29.

A los cinco días de estar en Buenos Aires, vino desde España un barco chico que se le llama carabela y nos trajeron buenas noticias nuevas, como que había llegado otro barco a Santa Catalina; el capitán que estaba en este barco se llamó Alonso Cabrera y trajo con él desde España doscientos hombres. En cuanto nuestro Capitán Domingo Martínez de Irala supo tal nueva noticia hizo aprestar de los dos barcos uno que era un galeón y lo envió lo más pronto posible a Santa Catalina en el Brasil, que está a trescientas leguas de camino de Buenos Aires, donde estábamos nosotros y encomendó a un capitán que se llamaba Gonzalo Mendoza, que él gobernara el barco; en Santa Catalina en el Brasil, debía él cargar el barco con bastimentos de la raíz mandioca y otros alimentos más que ahí le parecieren buenos. Entonces este capitán Gonzalo Mendoza pidió a nuestro capitán general Domingo Martínez de Irala, que le diere y facilitara seis compañeros de la gente de guerra para que él pudiere fiarse en ellos. Tal cosa le concedió nuestro capitán. Entonces él tomó con él a mí y otros cinco españoles, también otros veinte de la gente de guerra y marineros que debían gobernar el barco. Llegamos a Santa Catalina después de un mes de viaje. Allí hallamos el susodicho barco que había venido desde España y al capitán Alonso Cabrera, junto con toda su gente. Cuando vimos esto, nos alegramos mucho y quedamos dos meses en Santa Catalina y cargamos nuestro barco con bastimentos que tuvimos abundancia de mandioca, la raíz, también de trigo turco, que no pudimos llevar más. Después partimos y navegamos hacia Buenos Aires y con nosotros navegó en su barco el capitán que había venido desde España y también había cargado su barco con bastimentos. Así vinimos hasta a veinte leguas del río Paraná-Guazú, que en la boca es ancho unas cuarenta leguas de camino y tal anchura perdura por ochenta leguas de camino hasta que vosotros venís a un puerto que se llama San Gabriel. Cuando vosotros venís ahí, el río Paraná-Guazú es ancho ocho leguas de camino, como entonces vosotros lo habéis sabido por mí al comienzo en este libro. Cuando vinimos a veinte leguas de camino al sobredicho río Paraná, en la víspera de Todos los Santos, nos juntamos hacia la noche los dos barcos y preguntamos el uno al otro si estábamos en el río Paraná; entonces dijo nuestro piloto que nosotros estábamos en el río, pero el otro piloto dijo a su capitán que estábamos, a veinte leguas de distancia de él, pues cuando dos o tres o más barcos navegan juntos sobre el mar, se reúnen siempre cuando el sol quiere entrar y se preguntan entre ellos cuánta distancia han navegado en el día y noche y cuál viento quieren tornar en la noche para que no se separen entre ellos. Después de todo esto preguntó de nuevo nuestro piloto al otro barco que había navegado con nosotros si él quería seguirle. Pero el otro piloto dijo que ya era de noche y él quería quedar en el mar hasta el alba y no tocar tierra en esta noche. Este piloto estuvo más acertado que el piloto nuestro como lo sabréis después. Así navegó nuestro piloto su ruta o camino y dejó al otro piloto.

Capítulo 30.

Así navegamos en esa noche y tuvimos gran tempestad sobre el mar hasta pasadas las doce o la una hacia el día; entonces vimos tierra; antes de que pudiéramos echar nuestra ancla, el banco ya había tocado tierra y teníamos una buena legua de camino hasta la tierra; no tuvimos otro remedio que implorar a Dios el Todopoderoso que fuese benévolo y misericordioso para con nosotros. Así se sostuvo nuestro barco por no más de una hora y a la hora justa quedó hecho cien mil pedazos y se ahogaron quince hombres y seis indias; algunos se salvaron sobre grandes maderos y yo y otros cinco compañeros nos salvamos sobre el mástil, pero de las 15 personas no pudimos hallar ningún cadáver. Dios les sea clemente y misericordioso y a nosotros todos. Así tuvimos que recorrer de a pie las cien leguas de camino y habíamos perdido en el barco todas nuestras ropas que teníamos y además la mantención, así que tuvimos que sustentarnos con esas frutas que hallarnos en los montes, otra cosa no tuvimos para comer hasta que llegarnos a un puerto o punto de calada que se llama San Gabriel. Cuando llegamos allí encontramos al barco sobredicho con su capitán y había llegado treinta días o un mes antes que nosotros. Y esto fue comunicado a nuestro capitán Domingo Martínez de Irala en Buenos Aires y los cristianos estuvieron muy afligidos por nosotros, prues ellos creyeron que nosotros habíamos muerto todos y habían mandado leer para nosotros algunas misas para nuestras almas. Después que vinimos al lado de nuestro capitán Domingo Martinez de Irala y le comunicamos cómo nos había ido en el viaje, mandó él llamar ante sí a nuestro capitán y al piloto o timonel; y si no hubiera sido por el gran ruego ante nuestro capitán, él hubiera mandado ahorcar al piloto, así éste debió permanecer por cuatro años sobre los barcos-bergantines. Después de todo esto, como estuvo reunida en Buenos Aires toda la gente, mandó nuestro capitán general que se aprestara a los bergantines y alzó en conjunto toda la gente y quemó los navíos grandes y tomó en guarda el hierro. Entonces remontamos el río Paraná y vinimos a la ciudad Nuestra Señora de Asunción; ahí quedamos por dos años y nuestro capitán Domingo Martínez de Irala esperó una resolución de Su Cesárea Majestad.

Capítulo 31.

En esto llegó desde España un capitán general que se llamaba Alvar Núñez Cabeza de Vaca. A tal capitán y persona había despachado Su Cesárea Majestad con cuatrocientos hombres y treinta caballos. Vino el susodicho capitán con cuatro barcos, dos grandes y dos carabelas, esos eran los cuatro barcos y llegó al Brasil, a un puerto o lugar de anclada que se llama Viaza, pero los españoles le han dado el nombre de Santa Catalina. Entonces quiso cargar bastimento o provisiones en los barcos. Cuando quiso enviar los dos barcos-carabelas en busca de bastimentos a distancia de ocho leguas de sobredicho puerto o punto de anclada, sobrevino, cuando estos dos barcos estaban en viaje, tan gran tormenta a los barcos que ambos quedaron en el océano o mar y no se salvó nada más que las gentes que estaban en estos barcos. Cuando este capitán Alvar Núñez Cabeza de Vaca hubo perdido sus dos barcos y no debió aventurarse sobre el mar con los otros dos, pues estaban completamente descalabrados y desmantelados, viajó hacia la capitana y desmanteló sus dos barcos también y vino por tierra a Rio de la Plata. El capitán se llamaba Alvar Núñez Cabeza de Vaca y vino a nuestra ciudad Nuestra Señora de Asunción en el Paraboe (Paraguay) y trajo 300 hombres de los cuatrocientos; los demás habían muertos todos por hambre y otras enfermedades. Este capitán ha estado en viaje con gente durante ocho meses y hay quinientas leguas de camino desde la ciudad de Nuestra Señora de Aunción hasta esta localidad o puerto de Santa Catalina. Cuando vino este capitán Alvar Núñez Cabeza de Vaca, trajo desde España su gobernación de la Cesárea Majestad para que el susodicho capitán Domingo Martinez de Irala le transfiriere su gobernación y la gente le estuviera sujeta. A todo esto el capitán y la gente estuvieron conformes y obedientes hasta tanto que él exhibiera sus provisiones de su Cesárea Majestad; tal cosa no pudo sacar en limpio el común, pero los clérigos y dos o tres capitanes hicieron que él mandara. Pero de cómo le fue más tarde, ya sabréis después muy bien.

Capítulo 32.

En esto nuestro capitán Núñez Cabeza de Vaca hizo una revista de la gente de guerra. Así él halló de nuestra gente que antes que él habíamos estado en la tierra y de la gente que había venido unos ochocientos hombres en todo. En este tiempo hizo hermano jurado suyo a Domingo Martínez de Irala, para que dispusiera y mandara a la gente, como la había mandado anteriormente. Ahora él, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, hizo construir nueve barcos- bergantines y quiso remontar el río Paraguay hasta donde pudiere. Pero en este tiempo, antes que estuvieron aprestados estos barcos, envió primero tres barcos-bergantines con ciento quince hombres para que navegaran lo más lejos que pudieren y buscaran indios que tuvieren mandioca y trigo turco, esto es maíz. Nuestro capitán Alvar Núñez Cabeza de Vaca dio dos capitanes que debían navegar con los tres barcos; uno se llamaba Antonio Cabrera, el otro Diego de Tovalina, el tercero Alonso Riquel, lugarteniente de otro capitán en el barco y vinieron a una nación que se llama Surucusis, que tenían pescado y carne y trigo turco y mandioca, también otra raíz que se llama maní y se parece a las avellanas; y los hombres llevan en el labio una gran piedra azul como una ficha de tablero y las mujeres andan llevando cubiertas sus partes. De ahí marcharnos por cuatro días tierra adentro con la gente de guerra y dejamos al lado de los barcos también algunos de nuestros compañeros para que los barcos estuvieran cuidados mientras nosotros estuviéramos ausentes y en estos cuatro días llegamos a una localidad que era de los Carios. Estaban reunidos en esta localidad alrededor de tres mil hombres hechos de estos Carios. Cuando vinimos al lado de ellos, tomamos relación de la tierra y ellos nos dieron buena información. Cuando nosotros supimos esto por los Carios nos volvimos a nuestros barcos. De ahí navegamos río Paraguay abajo y vinimos a una localidad que se llama Diquerery; ahí hallamos una carta en manos de los indios que decía de parte de nuestro capitán general Alvar Núñez Cabeza de Vaca que se le ahorcara al indio principal, que se llamaba Aquere del susodicho lugar Diquerery. En seguida, ni bien recibimos la carta, obedeció nuestro capitán al mandado que nuestro capitán general dispuso y ordenó, etc., por lo cual después se ha originado una gran guerra por los Carios contra nosotros los cristianos, por causa del susodicho indio al cual se lo ha ahorcado como vais a saber después. Cuando tal mandado de nuestro capitán general se hubo cumplido, entonces navegamos río abajo y vinimos a la ciudad Nuestra Señora de Asunción y dimos nuestra relación acerca del lo que había en la tierra.

Capítulo 33.

Cuando nuestro capitán general Alvar Núñez Cabeza de Vacas hubo escuchado nuestros relatos, mandó nuestro capitán a los Carios que estaban al lado de nuestra ciudad Nuestra Señora de Asunción por medio de su indio principal, que él diere a nuestro capitán general dos mil indios; éstos debían marchar río arriba con él. Pero ellos se responsabilizaron ante nuestro capitán que ellos estaban dispuestos a marchar con él, pero que por lo primero él réflexionara bien antes de salir de la tierra, pues todo el país Tabere se había alzado con gran poder de los Carios y querían marchar contra los cristianos, porque este Tabere era hermano de aquél a quien se le había ahorcado, Aquere, y quería vengar la muerte de su hermano. Cuando nuestro capitán general supo esto, tuvo que suspender su viaje y tuvo que marchar contra sus enemigos, a lo cual él obedeció y mandó a su hermano jurado Domingo Martínez de Irala que tomara cuatrocientos hombres y dos mil indios y que marchara contra el susodicho Cario Tabere y los expulsara a él y todos sus amigos y devastará el país. A tal mandado obedeció el susodicho Domingo Martínez de Irala y partió de la ciudad Nuestra Señora de Asunción y vino con su gente ante el susodicho Cario Tabere e hizo requerir al Tabere por parte de su Cesárea Majestad. Pero este Tabere no quiso hacer caso de esto y tenía reunida mucha gente y había fortificado grandemente su localidad mediante una empalizada, esto es un muro hecho de palos; la localidad tenía en derredor tres muros de palos y muchos grandes fosos que eran muy hondos y había grandes lanzas de madera hincadas en la tierra; de estos fosos había muchísimos y estaban cubiertos muy prolijamente con paja y ramitas y hierba asentada encima, para que no se creyese que eran fosos. Pero nosotros teníamos buena informacion de qué modo estaban arregladas todas las cosas en la localidad. Así acampamos a su frente durante tres días sin que pudiéramos ganarla, pero en el cuarto día a las tres horas antes de ser de día, irrumpimos en la localidad y matamos a todos cuantos encontramos y cautivamos muchas de sus mujeres que nos fue una gran ayuda, y los hombres en su mayor parte se habían escapado; y habían matado de nosotros los cristianos diez y seis hombres españoles y fuera de éstos han sido heridos muchos de nuestra gente por los indios Carios. También han matado en esta escaramuza a muchos de nuestros indios que habían marchado con nosotros, pero no ganaron mucho de nosotros, pues quedaron muertos hasta tres mil hombres de los caníbales. Como nosotros los habíamos vencido a los Carios y habíamos cautivado sus mujeres, vinieron los Carios, el Tabere con su gente, y pidieron perdón que se les concediere perdón y que se le diere a él y a los suyos las mujeres y niños; por lo mismo él quería servir a nosotros los cristianos y estarnos sometido. Tal cosa tuvo que conceder y guardar nuestro general, pues así lo había mandado su Cesárea Majestad: que ni bien él o algún otro indio viene y pide perdón hasta por tercera vez, acaba concedérselo, pero si falta a su palabra por tres veces seguidas y que se le puede prender, entonces él y sus hijos son esclavos.

Capítulo 34.

Después de haberse hecho esta paz, navegamos aguas abajo por el Paraguay hacia donde estaba nuestro capitán general Alvar Núñez Cabeza de Vaca y le comunicamos cómo nos había ido en este viaje. Pero como nuestro capitán general vio que la tierra estaba pacífera y había paz en la tierra, ordenó él a la gente que estuvieren listos, pues él quería realizar su sobredicho viaje; no obstante esto hizo comunicar a los indios principales, también al Tabere, que había hecho la guerra contra nosotros los cristianos, que trataran y dispusieron con los suyos que armaran hasta dos mil hombres para realizar tal viaje. Con esto estuvieron conformes y atentos con nuestro capitán; ellos se presentarían obedientes. Ordenó él a los susodichos Carios que cargaran nueve barcos-bergantines. Todo esto se hizo en dos meses. Cuando todo estaba dispuesto y aparejado, tomó nuestro general Alvar Núñez Cabeza de Vaca de entre los ochocientos hombres unos quinientos hombres y dejó trescientos hombres en la ciudad Nuestra Señora de Asuncion y él se embarcó con su gente y navegó por el río Paraguay arriba. En la ciudad Nuestra Señora de Asunción dejó un capitán que se llamaba Juan Salazar. Entonces navegó nuestro capitán por el río Paraguay arriba con los quinientos hombres y dos mil indios. Tenían los Carios ochenta y tres canoas, esas son barquillas; nosotros los cristianos teníamos nueve barcos-bergantines y en cada uno se llevaron dos caballos, pero se los hizo marchar por cien leguas de camino por la tierra de los Carios y nosotros viajamos por el río hasta un cerro que se llama San Fernando. Allí nuestro capitán tomó los caballos y los embarcó y vinimos a nuestros sobredichos enemigos los Payaguás. Pero cuando nos hubieron divisado, huyeron y no quisieron esperarnos y huyeron con sus mujeres e hijos y quemaron sus casas. Desde ahí viajamos por cien leguas de camino que no hallamos gente alguna y después vinimos a una nacion que se llaman Guajarapos; éstos tienen pescado y carne y ellos son muchísima gente y su nación tiene más de cien leguas a lo largo y ancho; también de las canoas tienen extremadamente muchas, no es para escribirlo. Sus mujeres andan con las partes cubiertas; pero tampoco quisieron tratar con nosotros y huyeron ante nosotros. Desde ahí navegamos hacia una nación que se llaman Surucusis, donde ahí habían estado los sobredichos tres barcos; hay noventa leguas desde los susodichos Guajarapos hasta esta nación Surucusis. Y ellos nos recibieron muy bien. Los Surucusis viven cada uno por sí con sus mujeres e hijos. Los hombres tienen pendiente del lóbulo de las orejas un disquito redondo de madera del tamaño de una buena ficha de tablero; las mujeres tienen una piedra gris de cristal en el labio hacia afuera es gruesa y larga más o menos como un dedo y son muy lindas y no tienen nada tapado en su cuerpo y andan desnudas, como nacieron de la madre y ellos tienen trigo turco, mandioca, maní, batatas y otras raíces más, pescado y carne en abundancia. Permanecimos con ellos por catorce días y había muchísimos de estos indios. Ahora les preguntó nuestro capitán sobre los Carios y otra nación que se llama Carcarás, mas los susodichos Surucusis no supieron dar informe alguno sobre los Carcarás, pero dijeron de los Carios que éstos estaban aún en sus casas, mas todo era mentido. Ahora mandó nuestro capitán que nos aprestaramos, él quería entrar al país con trescientos cincuenta hombres y dejó ciento cincuenta en los barcos y llevó consigo los diez y ocho caballos y los dos mil Carios que con nosotros habían partido de la ciudad Nuestra Señora de Asunción. Y entró nuestro capitán en la tierra, pero no hizo mucho, pues él no era hombre para esto; a más los capitanes y los soldados le eran todos enemigos, pues de tal manera se portó él con la gente. Así marchamos durante diez y ocho días, en que no hallamos ningún Cario ni otro indio y no habíamos traído mucho bastimento. En esto nuestro capitán Alvar Núñez Cabeza de Vaca no quiso seguir adelante y retornó hacia los barcos de donde habíamos partido. Cuando quiso volver, mandó en el mismo día a un español que se llamaba Francisco de Ribera con otros diez españoles con sus armas que siguieran ellos adelante por diez días y que si en esos diez días no hallaban indios o una nación, que se volvieran y nuestro capitán los esperaría al lado de los barcos. Estos diez españoles hallaron un gran pueblo ,que tenían trigo turco y mandioca y otras raíces más. Así se volvieron y vinieron hacia nuestro capitán general y le comunicaron todas las proporciones que habían visto en la tierra. Entonces nuestro capitán general quiso entrar de nuevo al país y buscar esta sobredicho nación, donde habían estado los diez cristianos. Pero él no pudo internarse en la tierra por causa del agua.

Capítulo 35.

Mandó nuestro capitán un barco con ochenta hombres y nos dio un capitán que se llamaba Hernando de Ribera y éstos debían viajar por el río Paraguay aguas arriba y preguntar por una nación que se llama los Jarayes y luego entrar en la tierra por dos días y no por más tiempo y debíamos reconocer el país y traer relación del país y de los indios a nuestro capitán. Y en seguida que hubiéramos salido del país, deberíamos marchar río abajo y comunicárselo. Cuando al primer día partimos del lado de nuestro capitán y de los barcos, vinimos a las cuatro leguas de camino a la otra banda del río. Allí hallamos una nación de los susodichos Surucusis, los que viven en una isla que en lo largo y ancho será de treinta leguas y en su derredor un río; ese es el río Paraguay y ellos tienen para comer mandioca, maíz, maní, batata, mandioca-pepirá, mandioca-poropí, bocaja y otras raíces más; también pescado y carne. Los hombres y mujeres son formados como los sobredichos Surucusis. Así quedamos ese día con ellos y partimos de nuevo al otro día. Entonces marcharon con nosotros dichos indios en diez canoas, que son barquillas y nos mostraron el camino y agarraban para nosotros caza del monte y pescado todos los días dos veces en el día. Así estuvimos de viaje por nueve días y vinimos a una nación que se llama Yacarés y hay muchísima gente reunida. Los indios son atos y grandes, hombres y mujeres que en toda la tierra del Río de la Plata no hay ni he visto gentes más grandes que los Yacaré. Y está a treinta y seis leguas de camino de los Surucusis de donde habíamos partido y no tienen otra cosa que comer que pescado y carne. Las mujeres tienen cubiertas sus partes con un paño de algodón. Allí quedamos un día y los Surucusis regresaron con las diez canoas hacia su tierra. Entonces pidió nuestro capitán Hernando Ribera a los Yacarés que ellos le mostraran el camino hacia los Jarayes. Ellos estuvieron dispuestos y con nosotros marcharon ocho canoas de los Yacarés y agarraban para nosotros todos los días por dos veces pescado y carne para que tuviéramos que comer. Esta nación se llama Yacaré es por un yacaré, que es un pez que lleva un cuero tan duro que no se le puede herir con un cuchillo ni entrarle con flechas indias. Y a eso es un pez grande y hace daño grande a los otros peces. Sus huevas las tira de sí o las pone en la tierra a más o menos dos o tres pasos del río; estas huevas o simiente de este pez tienen un gusto igual al almizcle y él es bueno para comerlo; la cola es lo mejor para comer de este pescado, y él no es nocivo en sí mismo. Él vive siempre en el agua. Pero allá afuera entre nosotros se le cree a este pez yacaré un animal sumamente horroroso y dicen que debe ser un basilisco y que envenena y hace gran daño en las Indias. Y cuando este pez o animal sopla su aliento a alguno, entonces éste debe morir; pero todo esto es fábula; si fuere así, yo hubiere muerto cien veces, pues yo he comido y cazado más de tres mil de ellos. Yo no hubiera escrito de este pescado si yo no hubiere visto su cuero en Munich en la casilla de tiro de mi benévolo señor duque Alberto la que tiene en el coto. Por ello tuve que hablar enseguida de esto. En dicha localidad de Yacaré hay la máxima cantidad de ellos, mucho mayor que en otros lugares; por eso es que hay tantísimos llaman Yacarés a las naciones.

Capítulo 36.

De ahí navegamos a una nación que se llama Jarayes y estuvimos en viaje alrededor de nueve días, pero ellos no eran justamente aquellos con quienes vivía el rey. Así hay desde los susodichos Yacarés hasta estos Jarayes treinta y seis leguas y hallamos reunida una gran nación. Los Jarayes tienen barbotes y tienen colgando de las orejas desde el lóbulo un aro redondo de madera, y la oreja está arrollada o plegada en derredor del aro de madera; esto es de ver si alguien no lo hubiere vistos; los hombres tienen una ancha piedra azul de cristal en los labios como una ficha de tablero y están pintados en color azul desde arriba hasta las rodillas. Se asemeja a como se pintan calzas y jubones allá afuera. Las mujeres están pintadas en otra linda manera desde los senos hasta las partes en color azul, muy bien hecho. Un pintor allá afuera tendría que esforzarse para pintar esto y ellas van completamente desnudas y son bellas mujeres a su manera. Pero aunque ellas pecan en caso de necesidad, yo no quiero mayormente contar de estas cosas en esta vez. Y quedamos un día con estos Jarayes. Desde ahí marchamos durante tres días hasta donde vive el rey de los Jarayes y hay catorce leguas de camino desde los susodichos Jarayes hasta este Jaray. Su domicilio está a cuatro leguas tierra adentro, pero no obstante ello, el rey tiene otra localidad situada sobre el río Paraguay. Así dejamos nuestro barco con doce españoles, que debían cuidar el barco para que nosotros cuando viniéramos, tuviéramos nuestro amparo y ordenamos a aquellos Jarayes que entonces estaban en la localidad, que prestaran a los cristianos buen tratamiento y compañía, como todo esto lo hicieron después los Jarayes. Así, quedamos dos días en la localidad y nos aprestamos para el viaje y tomamos para nosotros lo que allá necesitábamos y atravesamos el río Paraguay y vinimos a la localidad donde vive el rey en persona, pero cuando vinimos a una legua de camino a cercanías de la localidad, vino a nuestro encuentro el rey de los Jarayes con doce mil hombres, más bien más que menos, en modo pacífico sobre una pampa. Y el camino sobre el cual anduvimos tenía una anchura de ocho pasos, pero no habían de encontrarse en este camino ni pajas, ni palos ni menos piedras y estaba sembrado de flores y hierbas hasta la localidad. Tenía el rey a su lado su música hecha al igual como allá afuera las churumbelas. Esto cuadra bien a tal tierra. También había ordenado el rey por los dos lados al costado del camino que se cazaran venados y otra salvajina, así que habían cazado alrededor de treinta venados y veinte avestruces o ñandú, que tal cosa era de verse muy bien. Cuando vinimos a la localidad, aposentó o condujo el Jarayes principal, el rey, a cada casa dos cristianos y a nuestro capitán con sus peones y muchachones a la casa del rey de los Jarayes. Nosotros, la gente de guerra, estuvimos aposentados no lejos de la casa del rey. Mandó el rey a sus súbditos que nos trataran bien y nos dieren de lo que nosotros estábamos necesitados y desprovistos. El rey de los Jarayes dirige su corte a su manera como un gran señor en estos países. Durante la mesa hay que tocar la música para él; a mediodía, si es ocurrencia del rey, los hombres y las mujeres más bellas deben bailar ante él. Cuando uno de nosotros los cristianos las ve bailar, uno ante esto se olvida entonces de cerrar la boca y hay que ver este baile de los Jarayes. Los hombres y las mujeres son iguales, como los sobredichos Jarayes, como yo he contado de ellos en la hoja cincuenta y siete. Las mujeres en estos lugares hacen grandes mantas de algodón y son muy sutiles, como en Alemania el arras, y tienen bordados muchos diversos animales, como venados y avestruces y ovejas indias, también otras cosas como uno sabe y ha aprendido, etc. Ellas duermen entre estas mantas cuando hace frío o se sientan sobre ellas o para lo que quieren usarlas. Estas mujeres son muy lindas y grandes amantes y afectuosas y muy ardientes de cuerpo, según mi parecer. Allí quedamos durante cuatro días y el rey preguntó a nuestro capitán sobre nuestro deseo e intención; entonces nuestro capitán contestó al rey de los Jarayes que él quería buscar oro y plata. Entonces el rey de los Jarayes dió una corona de plata que ha pesado un marco y medio, más o menos, también una plancha de oro que ha sido larga como de un jeme y medio y ancha de medio jeme; también le ha dado un brazalete que es un medio y otras cosas más de plata. Entonces le contestó el rey de los Jarayes a nuestro capitán que él no tenía más oro ni plata; tal oro y plata que yo he indicado antes, él lo habría ganado en las guerras, conquistado y quitado tiempo antes a las amazonas. Pero por lo que él nos dio a comprender de las amazonas y comunicó de la gran riqueza, estuvimos muy alegres. Entonces preguntó nuestro capitán al rey si nosotros con nuestro barco podíamos ir por agua y cuánta distancia habría hasta las sobredichas amazonas. Entonces el rey contestó a nuestro capitán que nosotros no podíamos viajar por agua con nuestro barco; que nosotros debíamos marchar por tierra y tendríamos que viajar durante dos meses seguidos.

Capítulo 37.

Entonces marchamos hacia las sobredichas amazonas; ésas son mujeres con un solo pecho y vienen a sus maridos tres o cuatro veces en el año y si ella se embaraza por el hombre y nace un varoncito, lo manda ella a casa del marido, pero si es una niñita, la guardan con ellas y le queman el pecho derecho para que éste no pueda crecer; el porqué le queman el pecho es, para que puedan usar sus armas, los arcos, con sus enemigos; pues ellas hacen la guerra contra sus enemigos y son mujeres guerreras. Viven estas mujeres amazonas en una isla y está rodeada la isla en todo su derredor por río y es una isla grande. Si se quiere viajar hacia allá, hay que llegarse a ella en canoas. En esta isla las amazonas no tienen ni oro ni plata, sino en Tierra Firme, que es en la tierra donde viven los maridos; allí tienen gran riqueza y es una gran nación y un gran rey que se llamaría Iñis, como había indicado despues el Ortués, etc. Nuestro capitán Hernando Ribera pidió al rey de los Jarayes que nos diere algunos de su gente, él quería marchar tierra adentro, y buscar las amazonas para que los Jarayes allí portaran nuestros bagajes y enseñaran el camiño. Contestó dicho rey que estaba dispuesto, pero declaró que toda la tierra estaba llena de agua y que no era el tiempo de marchar ahora tierra adentro, nosotros no quisimos creerlo y le pedimos los indios; así el rey dió a nuestro capitán veinte hombres que debían llevarles su comida y bagajes y a cada uno de nosotros cinco indios que debían atendernos y llevar nuestros bagajes, pues teníamos que viajar por ocho días en que no encontraríamos ningún indio. Así vinimos a una nación que se llama Siberis; son como los sobredichos Jarayes y hablan un idioma y tienen los alimentos como los Jarayes y nosotros marchamos durante los ocho días entre el agua hasta la cintura y hasta la rodilla día y noche, que no pudimos salir de ella. Cuando queríamos hacer fuego, colocábamos grandes leños unos sobre los otros; ahí hacíamos fuego. Ocurrió en varias ocasiones que la olla con la comida y el fuego cayeron al agua, que en muchas veces tuvimos que quedarnos sin comer. No tuvimos descanso ni sosiego ni de día ni de noche por las moscas chicas que no nos dejaban dormir. Nosotros preguntamos a los sobredichos Siberis si más adelante teníamos aún más agua; entonces contestaron ellos que por cuatro días debíamos caminar todavía en el agua y después de estos cuatro días debíamos caminar todavía cinco días por tierra; entonces vendríamos a una gran nación que se llaman Ortueses; también dieron a entender que nosotros éramos demasiado poca gente y deberíamos regresar. Pero nosotros no quisimos hacer esto a causa de los Jarayes; así quisimos enviar de retorno a su pago a los Jarayes que habían marchado con nosotros; pero ellos contestaron que ellos a causa de su rey no podían hacer esto, pues el rey les había prohibido, para que permanecieron con nosotros y nos atendieren hasta que volviéramos a salir del país. Entonces los sobredichos Siberis nos dieron diez indios para que junto con los Jarayes nos enseñaran el camino hasta los sobredichos Ortueses, y nosotros caminamos durante siete días entre el agua hasta la cintura y la rodilla. Pero el tal agua era tan caliente como una agua caliente que ha estado sobre el fuego. Tampoco teníamos otra agua para beber sino esta agua. Se podría pensar acaso que esta agua habría sido un río; eso no le es sino que había llovido tantísimo en aquel tiempo, que había llegado a estar lleno de agua el país pues es una llana tierra lisa, que nosotros con el tiempo hemos sentido bien esta agua, como bien lo sabréis más tarde. Al noveno día, cerca del mediodía, entre las diez y once horas, llegamos al pueblo de los Ortueses. Así estuvimos a las once horas al lado de la localidad, así fue alrededor de las doce horas que viniéramos al centro de la localidad, que ahí estaba la casa del principal de los Ortueses, pero la gente que estaba en la localidad, se moría toda de hambre y no tenían nada que comer a causa del tucu o langosta, que les había comido por dos veces la mies y las frutas de los árboles. Cuando nosotros vimos y oímos esto, no pudimos quedar mucho tiempo y los cristianos nos asustamos hondamente, pues nosotros tampoco teníamos mucho que comer. Y nuestro capitán preguntó por las amazonas al Ortués principal; entonces él nos contestó que debíamos viajar un mes todavía para llegar hasta ellas y a más el país estaba lleno de agua, como después se demostró. Entonces el principal de los Ortuesos dio a nuestro capitán cuatro planchas de oro y cuatro argollas de plata, que se colocan en el brazo. Los indios llevan de gala tales planchas en la frente, como aquí en Alemania un gran señor lleva una cadena de oro. Y nuestro capitán dio en cambio de las planchas y las argollas al principal indio hachas, cuchillos, rosarios, tijeras y otro rescate más como se hace tal rescate en Nuremberg. También nosotros hubiéramos querido exigir más a los Ortueses, pero no débimos hacerlo, pues los cristianos éramos demasiado pocos y los indios eran muchísimos, como yo en todas las Indias donde yo he estado no he visto más indios era una localidad, ni localidad más grande que esta localidad de los Ortueses y eso que yo he andado por muchísimas parte. Fue nuestra dicha que los indios se morían de hambre; en caso que no hubiere habido tal hambre en la tierra, nosotros posiblemente no hubiéramos salido de allí con vida.

Capítulo 38.

Así después de esto regresamos de nuevo hacia los sobredichos Siberis y Jarayes, y nosotros los cristianos teníamos pocos bastimentos y estuvimos muy mal aliviados de bastimentos, así no tuvimos que comer otra cosa que un árbol que se llama palmito y cardos y otras raíces silvestres que allí crecen bajo la tierra. Cuando vinimos a los Jarayes, la mitad de nuestra gente estaba enferma de muerte a causa del agua y la escasez que hemos experimentado en este viaje, pues durante treinta días y noches seguidas no salimos nunca del agua y tuvimos que beber el agua asquerosa. Así quedamos cuatro días con los susodichos Jarayes, allá donde el rey estaba y nos trató muy bien e hizo servirnos asiduamente como él dispuso con sus vasillos o súbditos que nos dieron lo que necesitábamos. Por su parte cada uno de nosotros había logrado en este viaje de los indios un valor hasta de doscientos duros sólo en mantas, algodón indio, también plata que nosotros habíamos comprado a los indios con sigilo y a escondidas, contra cuchillos, rosarios, tijeras, espejos y otras chucherías. Volvimos a navegar río abajo hacia nuestro general Alvar Núñez Cabeza de Vaca. Cuando nosotros vinimos a los buques donde estaba nuestro capitán, mandó él, que no saliéramos del barco bajo pena de vida; él mismo vino en persona a los barcos donde estábamos y tomó preso a nuestro capitán Hernando de Ribera. Nuestro capitán Alvar Núñez Cabeza de Vaca nos quitó todo lo que habíamos traído con nosotros desde la tierra, y quiso hacer colgar de un árbol a nuestro capitán Hernando Ribera, que con nosotros había entrado como capitán entonces en la tierra. Cuando nosotros, que aun estábamos en el barco-bergantín, supimos esto, hicimos un gran motín. con otros buenos amigos que teníamos en tierra, contra nuestro capitán Alvar Núñez Cabeza de Vaca, que él debió pensar en dejar suelto y libre a nuestro capitán Hernando de Ribera y a más entregarnos lo que él nos había quitado y robado. Así cuando él ha visto nuestra ira, estuvo más que contento en dejarlo suelto y en entregar a más todo lo que nos había quitado y nos rogó que quedáramos sosegados. Cómo le sucedió después a nuestro capitán Alvar Núñez Cabeza Vaca, sabréis más tarde por mí. Después que todo esto estuvo hecho para paz y amistad, pidió nuestro capitán general a nuestro capitán Hernando de Ribera y a nosotros que bien le diéramos la relación de la tierra y el conocimiento de los indios que entonces le dimos tan buena información por parte nuestra que él estuvo bien contento. También el porqué él había hecho prender a nuestro capitán y tomado lo nuestro, fue solo por la culpa que no habíamos observado su mandado, pues él había dado a nosotros y a nuestro capitán no más orden sino que no navegáramos mas allá de los Jarayes y marcháramos cuatro jornadas al interior del país y trajéramos relación de la tierra y de nuevo viajáramos de vuelta. Así nosotros habíamos entrado en la tierra por dieciocho días.

Capítulo 39.

Cuando nuestro capitán Alvar Núñez Cabeza de Vaca hubo sabido esto, quiso marchar tierra adentro con toda la gente. Pero nosotros no quisimos hacerlo, en este tiempo, pues la tierra estaba llena de agua, también la gente en mayor parte estaba muy enferma y la gente de guerra no estaba bien con el capitán general, pues era un hombre que en toda su vida había ni gobernado ni tenido un mando. Así quedamos por dos meses con los susodichos Siberis. Entonces le acometió al capitán general una fiebre que él también estuvo muy enfermo. Si él hubiere muerto, ya en ese tiempo, no se hubiere perdido mucho con esto pues él se portó de tal modo con la gente de guerra, que nosotros no dijimos muchas cosa buena de él. En estas tierras no he visto ningún indio entre los Surucusis que tuviere edad de cuarenta o cincuenta años, tampoco he visto en mi vida un país más malsano que éste; se halla en un trópico o sea donde el sol está en lo más alto; es una tierra al igual malsana como en Santo Tomé. Ahí entre los Surucusis he visto la Osa Mayor, pues habíamos perdido tal estrella en el cielo en cuanto hubimos pasado la isla de Santiago, como vosotros habéis sabido de esta isla en la cuarta hoja. Como nuestro capitán general Alvar Núñez Cabeza de Vaca estuvo tan enfermo, mandó convocar la gente y dijo a la gente que él quería navegar río Paraguay abajo, haca la ciudad Nuestra Señora de Asunción; pues la gente se le enfermó toda y él no podía realizar nada con la gente. La gente no estaba bien contenta, pues él se conducía en tal modo, que nadie hablaba cosa buena de él. Así el susodicho capitán general Alvar Núñez Cabeza de Vaca dispuso con los marineros que ellos aparejaran los buques; él quería viajar río abajo dentro de catorce días. Cuando estuvieron listos los buques, mandó nuestro capitán que se viajara hacia una isla en cuatro buques-bergantines con ciento cincuenta hombres y con dos mil indios Carios. Esta isla está situada a distancia de cuatro leguas de camino de nuestros buques donde estábamos parados y debíamos en esa isla matar y cautivar los Surucusis; las personas en varones que tenían edad de cuarenta o cincuenta años debían ser matadas todas. En todo esto cumplimos el mandado de nuestro capitán como en la hoja cincuenta y cinco sabréis acerca de los Surucusis de cómo ellos nos han recibido y cómo ahora nosotros les damos las gracias; eso fue una injusticia. Cuando vinimos a estos Surucusis con toda nuestra gente, salieron los susodichos Surucusis en modo desprevenido de sus casas y fueron a nuestro encuentro con sus armas, arcos y flechas en manera de paz. En esto comenzó un alboroto entre los Carios y los Surucusis. Cuando nosotros los cristianos sentimos esto, hicimos estallar nuestros arcabuces y matamos a cuantos encontramos y cautivamos también a muchísimos de los Surucusis; hasta dos mil entre hombres, mujeres, muchachos y niñas y quemamos su localidad y tomamos todo lo que tenían, como podéis pensar entre vosotros mismos cómo debe ocurrir en semejante fiesta patronal. Después que sucedió todo esto, navegamos de nuevo hacia nuestro capitán general, donde estaban los barcos y le dimos cuenta de cómo esto había ocurrido. Por todo ello estuvo bien contento; en esto mandó el capitán general que se aprestara la gente, que dentro de cuatro días él quería navegar por el río Paraguay abajo hacia la ciudad de Nuestra Señora de Asunción, donde habíamos dejado los cristianos. Cuando nosotros vinimos a la susodicha ciudad de Nuestra Señora de Asunción, estuvo enfermo de la fiebre nuestro capitán y se quedó en su casa o palacio durante catorce días, más por picardía y por soberbia que por enfermedad; así él no hablaba a la gente y se ha portado de tan impropia manera entre la gente; pues un capitán o señor que quiera gobernar un país, debe dar en todo tiempo una buena atención al grande como al chico y ejercer su justicia y mostrarse benévolo para con el más modesto como con el más elevado; todo esto no ocurrio en él, sino que él quiso seguir a su soberbia y orgullosa cabeza.

Capítulo 40.

Cuando el común o la gente de guerra vio tal cosa que él no quería moderarse, celebraron nobles y villanos un consejo y que ellos querían prender al capitán general y enviarlo a Su Cesárea Majestad y hacerla saber cómo él se había portado con la gente y él no podía gobernar al país y de otros de sus artículos y causas más las cuales su partido contrario ha enviado a Su Cesárea Majestad y dispuesto acerca de nuestro capitán general Alvar Núñez Cabeza de Vaca, como vosotros sabréis más tarde de su prisión y de quien lo ha prendido. En esto se hicieron presentes los cuatro señores que eran los ordenados por Su Cesárea Majestad: como su contador, tesorero y escribano, que se han llamado de sus hombres Alfonso Cabrera, don Francisco Mendoza, García Vanegas, Felipe de Cácerés. Con los cuatro señores por parte de Su Cesárea Majestad junto con doscientos soldados o gente de guerra nosotros hemos prendido de improviso al susodicho «señor» Alvar Núñez Cabeza de Vaca, nuestro capitán general, en el día de San Marcos en el año mil quinientos cuarenta y tres. Hemos tenido preso en la cárcel al sobredicho señor Alvar Núñez Cabeza de Vaca durante todo un año, hasta que se aparejó un buque que es una carabela y lo hemos enviado dentro de ella junto con otros dos señores por parte de Su Cesárea Majestad a España, y aprestado con todo su avío que ellos necesitaran en el buque y sobre el mar, como ser marineros y bastimentos y otros avíos más. Cuando el susodicho señor Alvar Núñez Cabeza de Vaca fue enviado fuera del país, nosotros los cristianos tuvimos que elegir e instituir a alguien que debía mantenernos dentro de la justicia y gobernar a la tierra mientras tanto Su Cesárea Majestad dispusiera y estuviera lejos. En esto el común eligió y nos pareció conveniente que eligiéramos a uno de nombre de Domingo Martínez de Irala, que también antes había gobernado la tierra, como vosotros habéis sabido entonces en la hoja treinta y nueve; la gente se llevaba muy bien con el susodicho Domingo Martínez de Irala y la mayor parte de la gente estaba muy contenta con él. Pero los que eran la amistad del sobredicho Alvar Núñez Cabeza de Vaca no estaban muy contentos, pero poco nos preocupábamos por esto. En este tiempo he estado muy enfermo de hidropesía, como que la he traído entonces del país de los Ortueses, cuando en ese tiempo yo y mis compañeros hemos andado tanto tiempo entre el agua y experimentado mucha escasez que ochenta hombres no se han salvado con vida entre nosotros más de treinta hombres, como vosotros habéis sabido por la hoja sesenta y seis de cómo nos ha ido en este viaje.

Capítulo 41.

Después que hubimos enviado nuestro capitán general Alvar Núñez Cabeza de Vaca a España, estuvimos los unos contra los otros y no nos concedimos nada bueno el uno al otro y nos batimos día y noche los unos contra los otros y guerreábamos entre nosotros que el diablo gobernaba en ese tiempo entre nosotros, que ninguno estuvo seguro del otro. Tal guerra llevamos durante dos años enteros a causa de Alvar Núñez Cabeza de Vaca. Cuando aquellos indios que eran nuestros amigos, los Carios, vieron y supieron que nosotros los cristianos guerreábamos los unos contra los otros, hicieron estos Carios un plan y junta entre ellos, que querían matarnos y echarnos fuera del país. Pero Dios el Todopoderoso no dio a los Carios su gracia para que su mencionado propósito y plan se hubieran realizado. En esto estuvo contra nosotros todo el país de los Carios y de otra nación que se llaman Agaces. Cuando los cristianos apercibimos esto, tuvimos que hacer la paz entre nosotros; también hicimos la paz con otras dos naciones que eran fuertes cerca de cien mil hombres y se llaman de su nombre: la primera nación se llamaba Yapirus, y la otra Guatatas. Estos no tienen otra cosa que comer que pescado y carne y son gentes valientes en pelear por tierra y por agua, pero en parte mayor es por tierra y sus armas son dardos que son largos como media lanza, pero no son tan gruesos y adelante en la punta tienen un harpón o filo hecho de un pedernal. También tienen bajo el cinto un garrote que es largo como de cuatro jemes y adelante tiene una porra; también tiene cada uno desde diez a doce palitos, cuantos uno quiere, tan largos como un buen jeme y adelante en la punta un largo y ancho diente de pescado, que en español se llama palometa y se parece a una tenca. Este diente corta como una navaja de afeitar. Ahora comprended lo que harán con éstos. Primero pelean con los susodichos dardos y cuando vencen a su enemigo y lo han puesto en fuga, dejan los dardos y corren tras sus enemigos y con la porra tiran o pegan a alguno que tiene que caer al suelo y se muere. Si él está muerto o medio vivo, a eso no miran ellos y le cortan en seguida la cabeza con el susodicho diente de pescado y lo ponen debajo del cinto o de lo que tengan en derredor del cuerpo. Ellos son tan rápidos en ese cortar, que uno no lo cree. Uno no puede darse vuelta con su cuerpo con tanta prisa como tiene cortada la cabeza. Ahora vosotros podéis pensar sobre lo que él hará con la cabeza; eso les voy a decir. Cuando tal escaramuza se ha terminado y él tiene tiempo en el día o en la noche, toma él la cabeza y la desuella en derredor de las frentes y en derredor de las orejas y toma esa piel junto con el cabello y la reseca prolijamente y cuando está reseca, coloca él esta piel sobre una vara delante de su casa o donde él entonces habite, para recuerdo, como aquí en Alemania se acostumbra que los alféreces u otros hombres de guerra que tienen un pendón lo colocan en la iglesia. Así guardan los indios esa piel para un recuerdo. Entonces vinieron los susodichos Yapirús y Guatatas como mil hombres de pelea. Así estuvimos bien contentos.

Capítulo 42.

Salimos de la ciudad de Nuestra Señora de Asunción con nuestro capitán general, con trescientos cincuenta hombres cistianos y mil Yapirus; y cada cristiano tenía tres hombres de los Yapirus que debían atenderlo, pues nuestro capitán los había puesto a nuestra disposición y dado a nosotros. Vinimos por tres leguas de camino hacia donde nuestra parte contraria acampaba en fuerza de cerca de quince mil hombres de los Carios y ya habían formado sus ordenanzas. Así vinimos entre las tres y cuatro horas hasta una media legua de camino a los Carios, pero ese día no quisimos hacerles nada. Estábamos muy cansados y llovía; así nos detuvimos en un gran bosque donde acampamos esa noche; y al otro día marchamos contra ellos alrededor de las seis horas y vinimos a las siete horas a los sobredichos Carios y combatimos desde las siete horas hasta las diez horas. Entonces tuvieron que huir y huyeron por cuatro leguas de camino hasta un lugar que habían fortificado; éste se llamaba La Frontera, y el indio principal se llamaba Macaria. De estos Carios quedaron muertos en esta escaramuza hasta dos mil hombres, a los que nosotros los cristianos y los Yapirus hemos matado y resultaron muertos a tiros y de los cuales los susodiclios Yapirus hubieron traído las cabezas. El principal de los Yapirus se llamaba Marcacay. Los Carios mataron con sus arcos hasta diez hombres de nosotros los cristianos, también hasta cuarenta de los Yapirus y Guatatas y otros fueron heridos a flechazos por los Carios. Ahora a aquellos que estaban dañados o heridos de entre nosotros los cristianos y Yapirus, los enviamos de vuelta a nuestro lugar de Nuestra Señora de Asunción y nosotros con el grueso seguimos tras los Carios hasta el sobredicho lugar La Frontera, donde estaba entonces Macario, el principal de los Carios. Así los Carios habían cercado su lugar con tres empalizadas hechas de postes, iguales a un muro. Los postes eran tan gruesos como un hombre en la ijada o grosura y altos sobre la tierra tres brazas y enterrados los postes en la tierra tanto como la altura de un hombre. También habían hecho unos fosos y en estos fosos estaban clavadas en la tierra unas estacas pequeñas y puntiagudas como aguja, cinco o seis de estas estacas clavadas en un foso como vosotros habéis sabido antes en la hoja veinte y ocho; y la localidad estaba muy fuerte y dentro de ella mucha gente de hombres de pelea que no es para escribir. Ahí acampamos por tres días delante del lugar que no pudimos ganarles ni hacerles nada, pero Dios el Todopoderoso nos dio la inspiración y su gracia divina para que los trajéramos bajo nuestro poder. En esto hicimos grandes rodelas o paveses de los cueros de venados y antas; ésta es una Gran Bestia como un mulo romo grande y es gris y tiene pies como una vaca, pero en lo demás en la cabeza y las orejas asemeja a un mulo romo; también son buenos para comer y hay muchísimos en la tierra; y el cuero es grueso como del medio dedo; yo no digo del largo del dedo, sino del grosor del dedo. Un tal pavés dimos a cada uno de los Yapirus, junto con una buena hacha. Aquel Yapirus que llevaba el pavés, no debía llevar hacha alguna, sino su compañero de entre los Yapirus; debía marchar un arcabucero con los dos indios que llevaban los paveses y hachas. Así fueron hechos alrededor de cuatrocientos paveses. Cuando todo esto estuvo aprestado y ordenado atacamos entre dos y tres horas del día a los Carios y acometimos en tres sitios. Antes de pasar tres horas, ya estuvieron destruidas y ganadas las tres palizadas de postes y nosotros con toda la gente penetramos en el pueblo y matamos a mucha gente; hombres, mujeres y niños; la mayor parte de la gente de los indios Carios se había escapado y huido y estos Carios huyeron a otra localidad que estaba a veinte leguas de camino desde la susodicha Frontera y que se llama Carahiba. En esta localidad se hicieron muy fuertes y hubo una gran cantidad de gente de estos Carios reunida. Esta localidad Carahiba estaba fortificada al lado de un gran bosque extenso. Para el caso que nosotros los cristianos ganásemos la localidad los Carios tendrían al bosque como un amparo, como vosotros sabréis después. Tras esto nuestro capitán general Domingo Martínez de lrala y nosotros vinimos alrededor de las cinco horas hacia el anochecer ante esta susodicha localidad de Carahiba, donde ahora acamparon adentro los Carios, y hemos hecho nuestro campamento por tres partes del lugar y metimos en la noche un disimulado destacamento al bosque. También habían venido en nuestra ayuda desde Nuestra Señora de Asunción con doscientos cristianos y quinientos Yapirus y Guatatas, pues mucha gente de nosotros, los cristianos y los indios nos había sido dañada en la localidad de Frontera y la habíamos mandado de vuelta para que viniera gente fresca, como que ahora vino, como vosotros habéis sabido así que de nuevo éramos cuatrocientos cincuenta hombres cristianos españoles y mil trescientos Yapirus y Guatatas. Estos Carios habían hecho su lugar con empalizadas y trincheras mucho más fuerte que ningún lugar lo ha sido. También habian hecho blocaos que estaban dispuestos como las trampas de ratas, pero sí se hubieren caído, habrían aplastado de veinte a treinta hombres. De éstos se habían hecho muchísimos cerca del lugar, pero Dios el Todopoderoso no ha querido esto. También acampamos delante del susodicho lugar Carahiba por cuatro días, que no pudimos ganar nada excepto por traición, como tal la hay en todo el mundo. Así en una noche vino a nuestro campamentos ante nuestro capitán Domingo Martínez de Irala, un indio de su nación de los Carios, un principal de los Carios; que no se quemara ni devastara su localidad; él quería comunicarnos e indicar a nuestro capitán la manera como se podía ganar el lugar. Entonces nuestro capitán prometió que el no permitiría le hiciesen algo, como esto lo cumplimos, y el susodicho Cario nos dio indicios para dos partidos y caminos en el bosque, por donde podríamos venir al pueblo; él pegaría fuego en el lugar; en el interín entraríamos en el lugar, como todo esto sucedió cumplidamente y pereció mucha gente en esta escaramuza por nosotros los cristianos, y a los que quisieron huir de ahí los mataron los Yapirus. Pero no obstante esto, escapó también mucha gente. Pero en esta vez ellos no tuvieron consigo sus mujeres ni hijos, pues los tenían de allí a cuatro leguas de camino de este sobredicho lugar en un gran bosque; y la gente que escapó había huído hacia otro indio principal, que se llamaba Tabere de los Carios y la localidad se llama Hieruquizaba, que dista ciento cuarenta leguas de camino del susodicho lugar de Carahiba. Aquí quedamos por catorce días en esta localidad de Carahiba y curamos a aquellos que estaban heridos y descansamos. Pero nosotros no pudimos ni correr ni viajar tras estos indios Carios que habían huido hacia el Tabere, pues todo estaba devastado y deshecho en el camino, que no hallamos nada que comer.

Capítulo 43.

Así tuvimos que marchar de vuelta hacia nuestra ciudad de Nuestra Señora de Asunción y desde ahí navegar aguas arriba por el Paraguay hacia el susodicho lugar Hieruquizaba, donde vive el principal Tabere. Pero cuando vinimos a nuestra ciudad nos quedamos durante catorce días; así en este tiempo los cristianos nos proveímos de munición y bastimentos en todo que entonces necesitamos en el viaje a realizar. Para esto tomó nuestro capitán nueva gente de cristianos y de indios, pues había quedado herida y enferma mucha gente en la sobredicho entrada de Carahiba. Entonces navegamos aguas arriba por el río Paraguay con nueve buques-bergantines y doscientas canoas grandes al sobredicho lugar de Hieruquizaba, donde estaban entonces nuestros enemigos. En buques y canoas viajaron cuatrocientos cristianos españoles y mil quinientos indios de los Yapirus y hay cuarenta y seis leguas desde la ciudad Nuestra Señora de Asunción hasta este lugar Hieruquizaba, al cual desde el sobredicho lugar Carahiba habían huído nuestros enemigos. También el mismo Cario principal que había traicionado a nosotros la localidad vino con mil Carios y vino a favor o ayuda nuestra contra el sobredicho Cario Tabere. Cuando nuestro capitán tuvo reunida por tierra y agua todo esta gente, nos habíamos acercado hasta dos leguas de camino de la localidad de Hieruquizaba; entones mandó nuestro capitán Domingo Martínez de Irala dos indios de los Carios que marcharan hacia sus amigos y los hicieren requerir o aconsejar y hacer rogar que se volvieran de nuevo a su tierra, cada cual con sus mujeres e hijos y que sirviesen a Ios cristianos como lo habían hecho antes; si no él los arrojaría fuera de su país. Entonces dio el principal de los Carios, el Tabere, la respuesta a los dos mensajeros de los Carios que dijeren al capitán de los cristianos que ellos no lo conocían a él ni a los cristiános, que se viniere nomás, ellos lapidarían a nosotros los cristianos con troncos; y apalearon malísimamente a los dos indios Carios y que se mandaran mudar pronto de su campamento, si no les darían muerte. Pero cuando vinieron los dos sobredichos mensajeros y trajeron a nuestro capitán el mensaje de cómo les había ido, nuestro capitán Domingo Martínez de Irala y nosotros los cristianos no tuvimos que rogar más y marchamos contra dichos enemigos Tabere y los Carios e hicimos nuestra ordenanza y repartimos la gente en cuatro secciones. Así vinimos a un río que se llama en su idioma indio Xejuy y es tan ancho como en esta tierra el Danubio y es tan hondo como la hondura de medio hombre y en algunos sitios era mas hondo. Pero tal río llega a ser muy grande a su tiempo y hace gran daño en el país, que no se puede viajar por tierra cuando está grande. Cuando quisimos cruzar el río Xejuy, los susodichos Carios, el Tabere con su gente, estaban al otro lado del río con su real y nos hicieron grandísimo daño al cruzar. Yo creo que si en ese tiempo lo hubiere sido sin los arcabuces, ninguno de nosotros se hubiere salvado. Así Dios el Todopoderoso nos dio su gracia divina que cruzáramos el río. Cuando nosotros los cristianos con nuestra gente vinimos al otro lado, estaba la localidad de nuestros enemigos a una media legua de camino del río; los indios huyeron hacia la localidad. Cuando vimos esto, corrimos tras ellos y vinimos al lugar al mismo tiempo que ellos, y cercamos el lugar que no se pudo salir ni entrar y nos armamos con nuestros paveses y hachas, como vosotros más antes habéis oído. Acampamos delante del pueblo por no más tiempo que sólo desde la mañana hasta la noche; entonces el Todopoderoso Dios nos dio su gracia que nosotros fuimos vencedores de nuestros enemigos y tomamos el pueblo y matamos mucha gente. Pero antes que los atacamos, ordenó nuestro capitán que no matáramos ni mujeres ni niños, sino que las cautiváramos, así que nosotros cumplimos su orden y cautivamos mujeres y niños y matamos los hombres que pudimos alcanzar. Si bien escapó mucha gente de nuestros enemigos, así mismo nuestros amigos los Yapirus trajeron alrededor de mil cabezas de nuestros enemigos los Carios. Cuando todo esto hubo ocurrido, vinieron entonces los susodichos Carios junto con Tabere y otros principales de los Carios, y pidieron perdón a nuestro capitán para que él les devolviere sus mujeres e hijos; ellos querían ser otra vez buenos amigos como antes y servirnos, como entonces nos habían servido. Cuando nuestro capitán oyó su pedido, los acogió contento y han sido buenos amigos hasta que yo he salido del país. Cuánto durará tal paz con los Carios; no puedo decir a vosotros; esta guerra ha durado un año y medio seguido, que no estuvimos seguros de estos Carios; ha sucedido esta rebelión y guerra con los Carios en el año mil quinientos cuarenta y seis.

Capítulo 44.

Volvimos a la localidad de Nuestra Señora de Asunción y quedamos por dos años enteros en esta ciudad. Como en este tiempo no hubo venido ningún barco desde España, ni se había tenido noticia alguna desde allá, nuestro capitán general Domingo Martinez de Irala hizo considerar por la gente que si ellos creían conveniente, él con alguna gente quería entrar en la tierra y ver si había oro y plata. Entonces contestó la gente que él marchara en nombre de Dios. Así nuestro capitán tomó e hizo convocar trescientos cincuenta hombres españoles, por si ellos querían marchar con él; él les daría lo que necesitaran en esta entrada, fuere en indios o caballos o vestimenta que ahí necesitaran. Entonces contestaron que estaban dispuestos a marchar con él. Después mandó convocar a los principales o jefes de los Carios y hacerles decir por sus lenguas si querían marchar con él tres mil hombres; entonces contestaron a nuestro capitán que estaban dispuestos y atentos para marchar con él. Cuando nuestro capitán supo de la buena voluntad de la gente dispuso y mandó a los marineros que fuesen aparejados siete barcos-bergantines; dentro de dos meses el quería partir y ausentarse en viaje tierra adentro. Cuando nuestro capitán general Domingo Martínez de Irala hubo ordenado todo esto y los barcos estuvieron aparejados partió en el año mil quinientos cuarenta y ocho por el río Paraguay arriba con siete barcos-bergantines y con doscientas canoas; y la gente que no pudo caber en los barcos y en las canoas marcharon de a pie con los ciento treinta caballos que iban por tierra hasta que vinieron a un cerro redondo y alto, que se llama San Fernando, donde habitan los sobredichos Payaguás. Cuando por tierra y agua toda la gente nos reunimos al lado del susodicho cerro, mandó nuestro cápitán que los cinco barcos-bergantines y canoas regresaran hacia la ciudad Nuestra Señora de Asunción y dejó dos barcos-bergantines con un capitán que se llamaba Pedro Diaz con cincuenta hombres españoles, también dejó bastimentos y otros aparejos para dos años y que ellos esperaran hasta tanto él hubiera venido de vuelta de la tierra con una noticia para que ni a él ni a su gente sucediere como al buen señor Juan Ayolas y cámaradas a quienes los Payaguás habían muerto tan infamemente -Dios sea benévolo y misericordioso a ellos y a todos nosotros, amén- como vosotros habéis sabido en la hoja treinta y siete. Nuestro capitán marchó con trescientos hombres y ciento treinta caballos, también con tres mil indios Carios y marchamos por ocho días que no hallamos nación alguna, y al noveno día vinieramos a una nacion que se llama Naperus y no tienen otra cosa para comer que pescado y carne y son gentes altas y fuertes. Las mujeres no son lindas; ellas andan con sus vergüenzas tapadas desde el ombligo hasta las rodillas. En esta localidad quedamos no más de una noche; hay desde el cerro de San Fernando hasta esta localidad de Naperus treinta y seis leguas. Desde ahí marchamos siete jornadas y vinimos a una nación que se llama Mbaya. Estos Mbayas son un gran pueblo en conjunto y tienen sus vasallos; ésos deben labrar y pescar y hacer lo que se les manda. Es lo mismo como allá afuera los labriegos están sometidos a un señor noble; tienen ellos gran provisión de trigo turco, mandiotín, mandioca-pepirá, mandeporí, batatas, maní, bocaja y otras raíces más, que ahora no se pueden describir. También tienen para carne venados, ovejas indias caseras y ariscas, avestruces, patos, gansos, gallinas y otra volatería. Tambien los bosques están llenos de miel, de la cual se hace vino, para lo que se quiere usarla. Cuanto más lejos se marcha hacia adentro del país, tanto más fértil es. Durante todo el año halláis sobre las rozas estos granos y raíces como yo lo he contado. Las ovejas son tan grandes como un pequeño mulo romo y los indios las usan para llevar sus alimentos sobre ellas; también cabalgan sobre ellas si ellos se enferman cuando viajan por tierra. Por esto yo mismo en una ocasión, no en este viaje, sino en otro camino, he cabalgado sobre ellas más de cuarenta leguas de camino, pues estuve enfermo de un pie. En el Perú se conducen sobre ellas las mercaderías, como aquí afuera andan las acémilas. Los Mbayas son altos hombres garbosos y valerosa gente guerrera, que no hace otra cosa que estar en guerra y las mujeres son muy lindas y andan con sus partes cubiertas desde el ombligo hasta las rodillas. Estas mujeres quedan en casa y no van a las rozas, sino que el hombre debe buscar los alimentos, pues ella en la casa no hace otra cosa fuera que hilar y tejer en algodón, también hace de comer y otras cosas que de ella placen al marido y otros buenos compañeros, quien pide por ello que no es de escribir más acerca de esta cosa en esta vez. Quien quiere verlo, que marche hacia adentro; quien no, no quiere creerlo. Cuando los susodichos Mbayas vinieron ellos a nuestro encuentro hasta media legua de camino y esto fue cerca de una pequeña localidad entre los Mbayas; entonces dijeron ellos a nuestro capitán Domingo Martinez de Irala, que nosotros reposáramos en esta localidad durante la noche y ellos nos iban a traer todo cuanto entonces necesitáramos. Pero todo esto lo hicieron por picardía; para mayor confianza. Así regalaron a nuestro coronel cuatro coronas de plata que se colocan sobre la cabeza; también seis planchas hechas de plata, y las planchas son largas de un jeme y medio y anchas de medio jeme; las planchas las atan a la frente por gala cuando acaso quieren partir de viaje, sea a la guerra o a cazar o a otra diversión, como aquí afuera un señor rico cuelga sobre sí una cadena de oro; también regalaron a nuestro capitán tres lindas mozas o mujeres, que no eran viejas. Después que hubimos reposado y comido en esta localidad, se acostó cada uno a descansar y dormir, pero antes que uno se acuesta a dormir se reparte la guardia, para que la gente esté resguardada contra sus enemigos. Cuando se hubo establecido la guardia y todo el mundo se hubo acostado a reposar, nuestro capitán hacia la media noche había perdido sus tres mozas. Tal vez él no pudo haber contentado en la misma noche a las tres juntas, pues él era un hombre viejo de 60 años; si hubiere dejado a estas mocitas entre nosotros los peones, ellas tal vez no se hubieren escapado; en total hubo un gran alboroto en el real. En cuanto amaneció hizo batir atención y mandó que cada cual se presentara a su cuartel con sus armas.

Capítulo 45.

En esto nos asaltaron los sobredichos Mbayas, fuertes en alrededor de veinte mil hombres y quisieron arrollarnos, pero no ganaron mucho con esto. En esta escaramuza murieron más de cerca mil hombres; tras de esto huyeron. Cuando comprendimos esto, seguimos tras los susodichos Mbayas hacia su lugar, pero no hallamos nada, ni mujeres ni niños adentro en el pueblo. Después mandó nuestro capitán alrededor de ciento cincuenta arcabuceros y dos mil quinientos indios de los Carios y marchó con nosotros tras los Mbayas y marchamos tres días y dos noches seguidas que jamás descansamos sino sólo para almorzar y para dormir cuatro o cinco horas en la noche. Así en el tercer día los hallamos a los Mbayas, hombres, mujeres y niños, reunidos en un bosque; a esto ellos ni sabían de nosotros que veníamos, pues ellos no eran aquellos Mbayas que habían marchado contra nosotros, sino los amigos de los otros, que por causa nuestra habían huido. Se dice frecuentemente que en muchas ocasiones; es el inocente debe pagar junto con el culpable, así sucedió también aquí que en esta escaramuza quedaron prisioneras y muertas más de tres mil personas, entre hombres, mujeres y niños. Si hubiere sido de día y no de noche, ninguno de ellos se hubiere salvado, pues era mucha la gente reunida en un bosque contra un cerro. Así yo traje para ni botín en ese tiempo más de diez y nueve personas, hombres y mujeres que no eran muy viejas, pues yo no he mirado por las gentes viejas, sino buscado siempre las gentes jóvenes, también traje ponchos indios y otras cosas más. Después de esto marchamos de vuelta hacia nuestro real, ahí quedamos por ocho días, pues era una buena pradera para llenar el pico y desde el sobredicho cerro de San Fernando, donde habíamos dejado entonces los dos buques hasta esta nación Mbaya hay setenta leguas de camino. Después seguimos hacia una nación que se llaman Chané y estos Chanés son vasallos o súbditos de los sobredichos Mbayás, al igual como en estos países los labriegos están sujetos a sus señores. Pero en este camino no hallamos más que rozas que estaban cultivadas con trigo turco y raíces y otros frutos más, de manera que durante todo el año se tiene comida sobre el campo labrantío. Cuando se cosecha la una, ya está en sazón la otra y cuando ésta está madura, ya se ha sembrado en el terreno la otra, para que en todo el año se tenga lleva comida sobre las rozas y en las casas. Entonces vinimos a una pequeña localidad, que pertenece a los susodichos Chané, pero cuando vinimos al lugar, ya habían huido todos los indios; y hay desde los Mbayas hasta estos Chané cuatro leguas de camino. Así hallamos en este lugar abundancia para comer; nos quedamos por dos días. Desde allí marchamos por seis leguas de camino a una nación y estuvimos dos días en viaje y se llama Toyanas, y también son vasallos de los Mbayas como los anteriores Chané y hallamos lo